Mi Vida Roza

La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

marzo 03, 2012

Elegía a Ramon Sijé

Si algo me deja perplejo en este mundo, es percatarme de que Miguel Hernández se murió con 32 años, y habiendo producido toda su obra poética entre los 20 y los 30.

Sí, Mozart, Janis Joplin, Jim Morrison y Jimmy Hendrix se murieron todos a los 27 años. Y yo, cuando cumplí 27, me dí un minutito de genialidad que no llegó, (o dejé ir abruptamente) Todos ellos músicos y compositores se cuadran ante lo de Miguel.

Lo de Miguel Hernández impresiona todavía más. Es una madurez absolutamente inexplicable.

Es algo así como esto:

"Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero."

febrero 24, 2012

Espejito, espejito...

Todavía recuerdo cuando abrí esta chingadera de blog en el 2004, ahogado en un dolor nauseabundo, pero también pudoroso de no vomitarlo con demasiado narcisismo (sin éxito). Y es que días antes de abrirlo, acababa de ocurrir el tsunami de Tailandia y Asia septentrional, así que mis pinches dolores semiadolescentes y pendejos de entonces parecían casi insultantes ante los 200,000 muertos (que luego fueron mucho más, creo) y que se contabilizaban por ahí de esos días.

***
Muy de vez en cuando me doy una vuelta por la que era mi mente en esos tiempos. Y es que -francamente- me da bastante penita ese tour, tengo que admitirlo. No porque mi narcisismo, que aún claramente perdura, me diga que yo debí estar haciendo o diciendo otras cosas en esos momentos. Sino más bien porque reconozco, y a la vez encuentro extrañamente ajeno, a ese personaje que era yo a mis escasos 24 o 25 años. Y honestamente me caga la madre.


Eso de no querer leer al yo de antes es, no cabe duda, como cuando uno no quiere verse en el espejo, a sabiendas de que el reflejo en turno está poco menos que de la chingada. Claro que, extrapolado sobre el tiempo, el espejo que te lleva a la que era tu mente de otras épocas, en ocasiones es mucho peor y más cruel que el que pudieras encontrarte hoy (pues hoy, precisamente, ya también te das las mismas licencias y te sientes medianamente en lo cierto respecto a ti mismo). Ya me decía mi loquero que el espejo siempre miente. O que en el espejo siempre nos veremos distintos a como somos. Es lo mismo.

***
Lo que empezó principalmente por las puras ganas de seguirle la corriente a mis amigos blogo-Tijuaneros y a los otros muchos blogofílicos que azuzaban mi envidia o me llevaban incidentalmente a encender mis cachondeces fantasiosas con las blogueras de aquel entonces ( y le daría la mención honorífica a una de ellas, pero lo malo es que sigue activa y "no vaya a ser" que se entere); lo que comenzó con unos párrafos malescritos en minutos y que no tenían rumbo ni coordenadas coherentes, acabó por volverse -como para todos los que estuvimos entonces- un delicioso vicio. Y por más vergüenza que hoy me dé el mirarme en las páginas de aquel entonces, sería muy hipócrita negar que durante varios -muchos- años este blog se convirtió en una extensión bastante honesta -o cuando menos congruente- de mí mismo.

Conocí, en el proceso, a mucha gente verdaderamente deliciosa, frondosa, brillante, magnífica. Y toda inmersa en ese jugo impúdico e impertinente que resultaba ser la "blogósfera" de mitad de la década pasada (y también conocí a la bloguera esa, que -por cierto- resultó ser más deseable todavía en su carne y hueso, que lo que jamás será en sus personajes digitales).

***
La cosa es que cuando en aquel entonces alguien me cuestionaba por qué demonios le encontraba placer alguno al bloguerismo intensivo, yo siempre respondía que -más allá del clarísimo beneficio de andar histeriqueando sexualmente con seres virtuales más o menos apetecibles- lo que me parecía que estaba por encima de todas las chaquetas mentales, era la posibilidad que seguramente surgiría años después (por ejemplo, ahora) de "leerme en el pasado" y entonces recapitular respecto a lo mucho -o poco- que quizás habría cambiado mi forma de ver el mundo, o de vivirlo a través de mi propia descripción de esa experiencia. Decía entonces que quizás así podría tener una prueba fehaciente de mis decadencias y mis epifanías: El poder mirar atrás como quien mira su propio diario adolescente y ridículo, y encontrar los puntos de convergencia y divergencia con el self del futuro. Y así trazar más o menos claramente el rumbo por el que cada quien había llevado su vida y sus decisiones. En ese punto -justamente- debo decir que no me equivoqué: Para bien o para mal, toda esa fantasía de autoanálisis resultó más o menos cierta.

***
Y no digo "para mal" porque me arrepienta de nada significativo. Digo "para mal" porque, de hecho, no sólo es que me lea a mí mismo tan estúpidamente categórico en muchos textos (los que más pena me dan, probablemente) o tan ridículamente poetuitero (valga la expresión actual) en otros. Digo "para mal" porque sin duda me genera mucha culpa y frustración el no haber persistido en la disciplina de vomitar con la frecuencia e intensidad que lo hacía entonces, y por dejar ese hábito tan inofensivo y dedicarme mejor a ser un esclavola contemporáneo. "Para mal" porque, poetuitero o no, cuando menos entonces era congruente con mi deseo de ir dejando migas de pan en el camino a casa de esa bruja antropófaga que resultó ser mi vida "adulta", tiempo después. Bruja que a diferencia de la que pensaba zamparse a los dichosos Hansel y Gretel, nunca encontró su extinción justito antes de engullirme, como en el cuento. Ésta brua me engulló y lo hizo (lo hace) varias veces (al día) y aún ahora me sigue rumiando como una cabra frenética y que no acaba por cagarme de una vez por todas en el retrete mentolado de su castillo de caramelos.

***
A todos los que fuimos criados con una pizca de Hansel y Gretel, nos queda claro que las migajas ingenuamente vertidas por Hansel sobre el sendero del bosque en que iban a abandonarle para siempre, no eran más que una ilusión muy bien intencionada y bastante estúpida por volver a los brazos de esos mismos abandonadores que le habían traicionado. Y claro: los buitres, los cuervos y los otros muchos animales del camino bucólico aquel, siempre estuvieron (y estarán) esperando al que pretenda dejarse indicios a sí mismo para encontrar el camino de vuelta a un lugar que no existe.

Cuando leí el "Viaje a Ixtlán", en el clímax de mi apetito mágico de la adolescencia temprana, obviamente no entendí del todo ese final tan aparentemente lúgubre en el que el ficticio Castaneda descubría -amargamente y siendo objeto de todas las posibles burlas de su "gurú" Don Juan- que no había tal cosa como el regreso. A ninguna parte. Y que una vez que se tomaba esa senda, no importaban las migajitas y los signos que uno quisiera dejarse a sí mismo en el trayecto, pues luego de partir no existía más la vuelta a casa (guiño casi psicodélico a los pobres chanchos de engorda que resultaban ser Hansel y Gretel) pues uno no puede volver a esa "casa" ni a ese lugar que resultaba ser uno mismo, años atrás, porque sencillamente, luego de muchas decisiones, todo lugar previo cesa de existir para hacerle espacio al próximo. Y al próximo.

***
Lo mismo pasa ahora, con el blog y con sus migajas. No han sido propiamente engullidas por nadie, y sí, permanecen ahí, pero ya prácticamente han perdido todo significado capaz de devolverme a quien fui yo al momento de vertirlas. Y no, no es que nostalgice en lo absoluto respecto a volver a ser tan ridículamente categórico como lo era hace seis o siete años. Todo lo contrario: es más una nostalgia de esas estériles pero frecuentes y sabrosas, y que se vienen cada vez que uno siente ganas de haber sabido más cuando no supo, o de haber podido ser un tanto más parecido a como es ahora, pero justo mentalizándose como pasajero de esos pasados imberbes en los que hizo mal todo aquello que hizo porque simplemente lo consideró cierto y "natural" respecto a sí mismo. Esa sí una gran chaqueta mental (sin duda mi término favorito en todo el caló chilango que jamás haya existido). No mamadas.

***

No es que a nadie de los que nunca leerán esto, le importe un pepino mi postura actual. Pero hoy sí que me siento mucho más claro que entonces, aunque no escriba tanto sobre ello y sin duda ya no lo haga de forma tan medida y tan "bonita" como en alguna u otra ejecución lo logré cuando este blog aún respiraba. Y sin escribirlo tanto, hoy más bien lo vivo mucho más y mucho mejor. Congruente con la noción de que todos esos aparentes "clichés" que entonces le atribuía a los treintas y a los treintones, son mayormente ciertos: Las crudas sí son mucho peores. Las pedas son también, mucho menos frecuentes e intensas. El sexo es notablemente más escaso, aunque no por ello peor. Los maestros que detestaba en la adolescencia, muchos son ya figuras que introyecté felizmente en mi cabeza y que hoy respeto con una nostalgia muy agradecida. Procuro no sentir o comportarme como si lo supiera todo o como si aquello que siento tuviera que ser, necesariamente, lo que debieran sentir los otros. He descubierto también los famosísimos "pequeños placeres", pero no por ello me considero un conformista que haya abandonado sus motivaciones, aunque quizás sí sus ideales más grandilocuentes y narcisistas. He aprendido a amar ciertas partes de mi trabajo, ciertos procesos de mi propio pensamiento. Tengo menos miedo a equivocarme porque sé que me equivoco bien y con frecuencia y aún así me lo permito y me lo perdono. También sé pedir perdón. Y no a la virgen, los ángeles ni a ningún otro amigo imaginario, sino a las personas. A las personas que como yo, también se equivocan y equivocándose todavía se sienten en lo correcto. Todo bien, vaya. Sin querer escribir libros de superación personal y todavía desdeñándolos, pero otorgando el beneficio de la duda y la cortesía de la disculpa tanto a los otros, como a mí mismo.

***
Me falta hacer y me falta vivir un montón inenarrable de cosas. Y sin llevar una lista de ningún modo precisa, hoy sé seguir mucho más mi propia pasión. No está aún en el lugar ni en el momento que me gustaría. Todavía me restan (si se puede) varios años de "vivir una juventud medio infame con tal de lograr una vejez digna". Pudiera parecer claudicación, pero no lo es. Porque debajo de las formas de hoy y del escaso chance que me dejo para sentir, gozar o escribir disciplinadamente y en un puñetero blog todo aquello que me pasa por la cabeza, la realidad sigo siendo el mismo, pero no. Soy el mismo que es también otro. El espejo presente que se pone de acuerdo con el otro espejo pasado. Y es que los espejos, si algo, saben hacer, es ponerse de acuerdo.

Aunque (se) mientan.

enero 21, 2012

Credo freelancero.

Me queda clarísimo el abandono cuasitotal en el que tengo a este espacio de evacuación que en otros tiempos era patio de recreo. No es falta de impertinencia ni de ganas, debo decir, lo que me ha mantenido lejos de musitar letras a regañadientes. Tampoco es que no tenga nada que decir o que evacuar (mucho menos eso). Tampoco es que "haya perdido la fe" en los blogs (misma que fehacientemente podrían constatar que nunca tuve) o que "ahora esté más concentrado en Twitter".

La realidad es que me siento despojado de la capacidad de escribir esos textos largos (y muchas veces muy confusos) que antes me salían con toda naturalidad. Es muy probable que Twitter tenga algo de culpa, si considerásemos que la fragmentación en 140 caracteres pudiera hacerle daño a alguien. Pero la verdad es que estoy ocupado. Y no ocupado como antes lo estaba: ahora sí, muy ocupado. Resulta que me decidí (de una vez por todas) a ser "free lance".

Hay muchas mentiras contenidas en la esclavitud contemporánea. Innumerables, de hecho. Si empezáramos enumerando la cantidad de sueños (chaquetas) guajiros (mentales) que se sobrevienen con la capacidad de consumo (compras compulsivas) que acarrea el tener un trabajo más o menos bien remunerado, no acabaríamos nunca. Y es que, como bien se dice ahora en algunos afiches "contestatarios" de las redes sociales, no se debería (nunca) equiparar el nivel de consumo con la calidad de vida. Y sin embargo, lo hacemos. Lo hago. Lo sigo haciendo. Probablemente, además, lo seguiré...

Me resisto a pensar que "me han llegado al precio", sin embargo. Hoy bien podría estarme embaucando en créditos o compras falaces, mañana mismo, y decididamente no lo hago. Quiero pensar que es porque -en realidad- tengo un objetivo ulterior-superior-sublime, y que es el que me conduce a diario, cual si fuera el hilo mesiánico en la madeja de Ariadna, a través de este asqueroso laberinto corporativo que debo enfrentar todos los (laborables) días.

Puede todo ello, sin embargo, ser una vil y masturbatoria (perdón, pero no hallo otro adjetivo) justificación. Puede ser que en realidad "me han llegado al precio". Y que toda esta resistencia no sea más que una pantalla que preciso para mí mismo con el afán de hacerme la vida más llevadera en los andamios de la mentira. Y, SIN EMBARGO, me resisto también. Me resisto violentamente a creerlo. Me niego a decir que así es...

El objetivo ulterior-superior-sublime sigue allí. Es cada vez menos idealista y grandilocuente, eso sí. Hoy ya no creo que mis palabras puedan o deban convencer a nadie distinto a mí mismo. Quizás por ello evacúo menos en este blog (público) y más en mi universo (privado). Pero no por eso dejo de pensar o de actuar en favor de aquello que creo. Y creo en cosas muy similares a las que he creído siempre. Existe ese "core", ese núcleo de creencias, ese último dígito y común denominador del que he hablado siempre con aquellos que me conocen bien: Aquello que se mantiene puro e impoluto a pesar de las propias incongruencias "operativas" de la vida. Eso de lo que uno no se puede despojar jamás, por más que lo desee. Por más que lo intente. Por más que lo haga, incluso...

Entonces me detengo un segundo sobre mis paranoias masturbatorias, y me lo pongo todo claro (a mí mismo, principalmente). Para ello, siempre funciona escribir un credo:

1. Creo en un mundo menos cruel. Menos pragmático. Menos salvaje en su aproximación a lo que desea. Un mundo en el que el bienestar de unos no implica la pauperización de otros. Un mundo en el que amarse trasciende toda cursilería y se convierte en verdad inmanente. Un mundo en el que hacerlo está por encima de toda ideología y creencia y significado personal. Un mundo que no rechista respecto a quién o qué es lo que nadie ama, porque comprende que en el amar está el ser, en sentido filosófico, y luego entonces, deja de chingar y burlarse de lo fútil o estúpido que pudiera ser ese camino.

2. Creo en los significados y los preceptos que reposan bajo el término "izquierda". Pero no por ello creo en "la izquierda" como entidad política real-actual ni mucho menos mexicana. Creo que la desigualdad, sin duda alguna, es el gran problema social que ha acarreado esta contemporaneidad en la que vivimos. Creo en la innegable estupidez de quienes afirman categóricamente que los jodidos son jodidos porque quieren. Creo en la necesaria firmeza que hay que adoptar para que esos imbéciles categóricos se enteren que la vida no es así: que hay gente, a escasos kilómetros-minutos de todos ellos, que en una o dos semanas han trabajado más de lo que muchos lo harán en toda su vida y que, oh ironía, son y están y seguirán estando y siendo "jodidos", sin deberla ni temerla. Creo en un camino político que acuse esas cuestiones como las más importantes del mundo, y comience o termine por hacer algo al respecto. Y creo en que todos, los guapos y los feos, los jodidos y los pudientes, los enérgicos y los huevones, estamos donde estamos y somos lo que somos no por virtud o defecto, sino por circunstancia. Y de cada quien depende luchar contra la circunstancia o mamar comodinamente de ella. Elijo lo primero, aunque a veces haga lo segundo.

3. Creo en la muerte. Es lo más creíble de la vida, de hecho. Se le ve por todas partes. A todas horas. Aunque sea siempre aplicada y definida por los otros. Sin embargo, sé que está. Sé que nos espera. Sé que se nos viene, encima, por debajo, como sea. Pienso constantemente en cómo será el instante en el que todo deje de existir para mí, en mi cabeza, y por ende, para siempre. Por siempre. De forma total, como no es, irónicamente, la conciencia. Creo, fervientemente, que vivir es un atributo de la conciencia y que por ende es un fenómeno causal y limitado. Vivimos en nuestra mente y por ende vivimos en lo parcial. Somos un punto ridículo e infinitesimal en una gigantesca esfera que hemos decidido llamar "universo". Pero morimos de forma total y absoluta. Es una balanza bastante injusta, si me lo preguntan. Condenados a darle significado a las cosas, todo por culpa del maldito lenguaje, esperamos más o menos hiperactivamente el momento en el que TODO habrá de terminarse. Creo en que las probabilidades de que algo de esa conciencia permanezca son ridículamente bajas. Quisiera creer otras cosas. Es más: me dan una envidia inenarrable todos aquellos que logran creer que existirán después de morir. Pero no puedo. Creo que todo se irá. Nosotros. Lo que pensamos de nosotros. Nuestras madres. Nuestros hijos. Nuestros amantes. Alguien apagará la luz y dejaremos de preocuparnos (aunque también de ocuparnos). ¿Ya habré amado lo suficiente el día de hoy? ¿Ya habré sido lo suficiente esta madrugada? Parece imperativo preguntárselo a uno mismo, a diario, a toda hora. Parece, digo. No lo sé de cierto.

4. Creo en los pleitos. En la pasión. En el conflicto. En el rascar y rascar las telarañas del ser hasta que sangren un poco de motivos. De ahí que se me tacha siempre de impertinente. Lo soy. Prefiero ser incómodo que prescindible. Prefiero ser molesto que insignificante. Y no es por hacerle el camino más difícil a nadie: no. Es más bien este deseo de tocar el corazón de aquellos que -circunstancialmente, si se quiere- resultaron vivir y ser en mi mismo cuadrante. Cuando muera (algún día, quizás pronto, quizás no) y si alguien que me odie termina por leer esto, que sepa que toda mi rudeza y descontrol no fue calculada ni maquiavélica. En general, todo ha sido con el afán de tocar el corazón o las entrañas de aquellos que me rodean. Nunca, por más grosero o violento que se me haya visto, he querido despojar a nadie de sus ganas de ser, amar, seguir viviendo. Y dudo mucho que en algún caso haya logrado tal cosa. Pero lo digo por si así fue. Nomás tantito.

5. Creo en el amor como ejercicio del ser tanto como creo en el dolor como ejercicio del estar. No existe el uno sin el otro. No es el ser-amar un camino "perfecto" y despojado de dolor, como todos lo sabemos. Es más bien todo lo contrario: porque ser-amar siempre está acotado por el ser-amar de los otros. Y es ahí donde sobreviene el dolor y donde tanta gente se ha montado (y se monta) para negarle todo sentido a la vida o -quizás- incluso suicidarse. Yo, personalmente, creo que el suicidio es una gran trampa capitalista y absurda, aun cuando puedo entender que haya mucha gente que a diario lo considere o lo ejecute. Para mí, el suicidio es impensable. Sin importar el estadío de dolor-estar al que el ser-amar pudiera llevarme, jamás podría encontrar el suicidio como alternativa o escape. Y sé que hay estares meritorios de mucho desprecio. He visto morir grandes amores de otros. He visto morir también grandes amores míos. He perdido yo mismo toda esperanza en seguir respirando, por momentos. Y lo comprendo. Pero nunca, jamás, podré justificarlo. O cuando menos no como un camino para ser-amar. Quizás sólo por el afán de lastimar a quienes se quedan aquí. Un último ser-amar quizás, pero demasiado volcado sobre sí mismo. Y ese hecho lo hace aún menos justificable, si me lo preguntan.

6. Creo en la ligereza. En las pequeñas cosas. En los pequeños placeres. Las pequeñas muertes que simulan ciertos orgasmos. Los pequeños renacimientos atados a ciertos postres, a ciertos besos, a unos cuántos pasteles. Creo en la imperiosa necesidad de no andar escribiendo credos para gozar de la vida. Creo en callarse y suspirar. Creo en no saber callarse pero también desearlo, y suspirar. Creo en dejar de pensarlo todo, aún si no sepa cómo. Creo en la poesía que no pretende explicarlo todo. Creo en imágenes y en fantasías. Creo en las nubes cuando se callan, porque están como presentes, y en su presencia no hay nada. Nada sino nubes. Formaciones vertiginosas de aire colorido. Transparencias potenciales. Silencios esperando a ser vividos. Balsas de viento abalazándonse sobre un mar de preguntas. Respuestas que no existen. Caminos que nadie conoce.

Senderos
que
no
serán.

Y sobre todos ellos,

la calma.

agosto 06, 2011

No hay tal lugar: Desvariaciones sobre la utopía.

Algunas personas no entienden cómo es que alguien puede pasarlo muy bien cuando se sienta en la esquina de la vida y mira a la gente bailar-cantar-gozar, "a grito pelado". Esa es la razón fudamental por la que bichos raros como yo somos siempre acorralados y apuntados con el dedo en las fiestas. Desde las infantiles hasta las neo-adolescentes: "¿Pero es que Rigofredito no baila o por qué es que se la pasa ahí "milando como el chinito"? ¿Es que está triste o qué le pasa?

***

Bueno, pues no. Breaking news: No siempre que Rigofredito coloca su culo en la silla de la esquina y se pone a pensar, es que Rigofredito anda triste. Menos cuando Rigofredito canta "jondamente" las mismas rolas que esos implacables jueces de Rigofredito andan bailando, y además lo hace sonrientemente. Es nomás, acaso, que Rigofredito no quiere o no sabe bailar. O que Rigofredito prefiere cantar (antagonista perenne del mariachi loco, que quiere bailar) y sin embargo, se la está pasando muy bien. Y ya vendría siendo hora de que todos dejemos en paz a Rigofredito: Si de verdad estuviese sufriendo irremediablemente, seguro que ya estaría en su casa o se habría abierto las venas en esa, su sillita de la esquina. Pero no: la realidad es que contemplar y envidiar silenciosamente la simpleza latente en la felicidad de otros, no siempre es un signo de amargura ni tampoco un voyeurismo pusilánime. ¿Qué no la belleza 'is in the eye of the beholder'? Pues bueno, bellos, ustedes déjense mirar que si no aquí nadie documenta un carajo para la posteridad...

***
Varias veces estuve a punto de poner "Rigobertito" en lugar de "Rigofredito" en el párrafo anterior. Y -evidentemente- también podría poner "yo" en lugar de todo eso. Y no es que se me halle SIEMPRE en la silla de la esquina. Algún tiempo quizás sí, quizás era esa contemplación mi única forma de incorporarme a los rituales de felicidad de los otros. Algún tiempo, quizás, me sentía absolutamente imposibilitado -ya por pudor o por narcisismo- para levantarme de la silla y colaborar con el frenesí de los brincoteos. Hoy, francamente, puedo hacer lo que me plazca. Hay días que las ganas me obligan a levantarme desde temprana hora de la susodicha silla, y entonces nadie documenta pero todos gozamos por igual. Otros días, sin embargo, y quizás los más melalcohólicos de todos, prefiero mirar en pequeñas dosis, y luego ponerme a pensar. O a desear. O las dos cosas al mismo tiempo. Da igual, pues no es receta. (Las recetas, dijo Lu esta tarde, son incapaces de documentar lo espontáneo o lo fortuito. No se puede hacer otra cosa que asentir ante esa implacable verdad, y luego callar o ponerse a bailar, o todo lo contrario).

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Han sido días raros, estos últimos. Me he puesto a leer estas cosas que llevo escribiendo desde hace siete años, y honestamente no me reconozco en muchas partes. Más allá de la crítica atroz que siempre hago de mí mismo, el problema aquí no es de forma, sino de fondo. Es esto de no "escucharse" en la propia voz. Revivirla con la mente, pero sentirla ajena, de todos modos. Y así es como me siento hoy, y me sentí ayer, o me sentí ayer noche en mi silla de marca Rigofredito. Sorprendido quizás de algunas líneas, de algunos párrafos, de algunos momentos muy reconocibles de todo ello, pero -sobre todo- sorprendido de lo mucho que uno va cambiando bajo el caudal de los días y el flujo impostergable del tiempo: ¿De verdad ese soy yo? ¿De verdad apenas han pasado tan pocos años? ¿Será que esos pocos años en realidad son muchos?

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De vuelta en 2004 o 2005, recuerdo bien lo que pensaba -ideológicamente hablando- de estos ejercicios de exhibicionismo semántico que resultan ser los blogs (y hoy los tuiters más lo que se acumule en la semana). Me decía a mí mismo que estas cosas tendrían que funcionar como espejos en algún momento. Como lugares de la mente que se quedaban trazados -mal o bien- encima del tiempo. Y no me equivocaba ni tantito.

Sin embargo, nunca preví lo inmensamente distinto que me sentiría en tan poco rato. Imaginaba escenarios mucho más longevos: Leer tus tonterías entrando a la tercera edad -tal vez- y sintiendo una suerte de empatía y ternura por ese personaje que eras apenas entrado en los veinte. Craso error. Ni tan longeva la lectura, ni tan empática la interpretación, ni tan entrado en los nada como hubiera querido: Simplemente resulta igual a leer algo que escribe OTRA persona. Y aunque si bien se dice que científicamente se cambia enteramente de células cada siete años y que -en términos prácticos- se es otra persona, yo hasta hace muy poco pensaba que esas eran exageraciones y que "en el core, en el núcleo de la personalidad (o del alma, si se prefería) la gente seguía siendo siempre la misma". Y no es tanto así. Al menos, no para mí.

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Van casi siete años desde que inicié este ejercicio. No importa si mi lectura de ese espacio temporal es cualitativa o cuantitativa. Me queda claro que -también- año con año escribí menos hasta llegar a los puntos de incipiente compromiso que caracterizan a los últimos tiempos de este blog. Pero no es "lo tupido, sino lo duro", debo decir. Hace seis años quizás escribía toneladas de epifanías desechables cada semana, todas ellas medianamente homogéneas. Hoy tal vez escribo tres por año, y sin embargo, cada una más heterogénea que la otra y absolutamente alejada de aquellas originales de entonces. Y no es que se trate de una sensación de "total pérdida de sentido" la que me aturde ahora, aun cuando bien podría describirla así, sino de un terror fundamentadísimo de sentirme tan distinto a mí mismo. Eso es lo que me inquieta. Eso es lo que me coloca en mi propia silla en el rincón, y dispuesto a mirarme hacer lo que antes ocurría sin que la voluntad interviniese siquiera.


***
Me queda claro que este ya es un texto muy largo. Y que muy probablemente nadie lo habrá leído hasta aquí y que sin duda me lo estoy escribiendo mucho más a mí mismo que a esa fantasía de otredad a quien le escribía hace siete años. Importa un carajo, en verdad. Tengo que admitir lo distinto que me siento a mí. Y sin embargo, tengo que admitir también lo parecido que me sigo sintiendo a algunas obsoletas entelequias que me escribí unas cuantas veces, yo solito: "El amor es el trayecto". Esa la primera y que sigue siendo única e indivisible en mi vida. "Cortadita de papel": La segunda y quizás la más importante de todas. La que admite que el dolor propio, por más pendejo y pusilánime, siempre duele más que todo el dolor ajeno que las palabras permitan o no permitan imaginar. "Laberintos", por último: La terrorífica noción de que hay cosas que sólo haciéndolas ocurren, por más que las pensemos o nos empeñemos en decirlas poéticamente o con chilaquiles encima.

***
Hace unos días discutía con alguien respecto a la pertinencia del ciberactivismo, o de las palabras, vaya, por encima de las acciones. Él me decía que las palabras siempre son pertinentes y las reflexiones siempre son válidas y se agradecen. Tengo que estar de acuerdo, pero también en desacuerdo. Pues si bien atesoro todo aquello que nos mueva a cuestionarnos y a sentirnos en duda -como buen admirador de Descartes- también me queda claro que el capitalismo y la globalización mediática tienen un propósito maquiavélico y subyacente: El de perdernos en laberintos ajenos. El de fragmentar la retórica para hacerla aparentar mejor y más útil de lo que verdaderamente es. El de marearnos a punta de sueños y utopías. Posibilidades y entelequias. El lenguaje operando en contra de la evolución, irónicamente. Aquello que nos trajo hasta aquí, será también lo que nos hunda en las infinitas posibilidades del momento que no ha de llegar. La u-topía. Etimológicamente: no hay tal lugar. Y de veras, chavos, no lo hay.

Ni siquiera dentro de lo que uno creería que es -precisamente- uno mismo.


Snif.

julio 26, 2011

Cuatro

Para nuestra Aurita en el 2011...

Esta vez no hubo tanta solemnidad y tengo que decirte que eso me dio algo de miedo. Todas las veces anteriores nos detuvimos en muchos momentos a pensar en ti. A leer tus cosas, públicas o privadas, no importa, y a rememorar tu nombre bajo el sorbo del siguiente trago de vino o lo que fuera. Sé que la parte de comer hamburguesas y beber vino nunca te habría molestado, aunque dudo que te hayas cuestionado respecto al tipo de rituales que deberían seguírsete en caso de morir súbitamente a los 30, por culpa de una ola estúpida o alguna piedra que nadie vio en su momento. Sólo sé que no hubo esa mentada solemnidad y que eso me provocó un buen trozo de miedo. Lo fácil que puede diluirse la extinción absoluta de un ser humano luego de cuatro años de haberse muerto trágicamente. Y digo fácil pero no digo "estúpido", porque nada de lo que hicimos ayer, aquellos que te conocimos o te queríamos puede ser tachado de estúpido. Es sólo que ¿tú sabes? Nos han pasado tantas cosas y hemos circunnavegado tantos pinches abismos en estos cuatro años que llevas ya muerta que cada vez se vuelve más pudoroso y privado el momento en el que cada quien decide llorarte. Y lo que fue, durante tres aniversarios, un incómodo pero solemnte tributo a tu existencia y su súbita finalización, esta vez se ha convertido en algo más suave, más distraido, menos intenso aunque no por ello menos simbólico o importante. No lo sé, te digo, a mí me dio un poco de miedo, pero no me atrevo a decir que por ende ya no le importe a nadie.

Imagino que -como cuando alguien se revienta la madre en un coche- el ver morir a alguien tan joven y tan brillante te deja secuelas durante un tiempo importante y de un modo atroz. A algunos más, a algunos menos, y desde luego que a los más cercanos a ti, de un modo permanente. Pero este estúpido refrán de que "la vida sigue" o de que "el show debe continuar" termina siendo implacable para todos. Y eso, quizás, es lo que más angustia me causó: hace cuatro años tú te nos moriste entre los dedos y eso nos despedazó un buen rato. Y todavía nos despedaza, si nos detenemos a pensarlo, pero el asunto es que ya no sucede a diario. Y por otro lado, es saludable que no sea más así, ¿sabes? Uno no se puede parar todos los días en el cementerio del amor si es que pretende seguir viviendo.

El asunto está en esa sustancial diferencia entre los cuatro años y los cuatro millones de abismos que han desfilado por nuestras vidas desde entonces. El curso de los días es tan ruidoso en esta ciudad -y seguramente en tantas otras- que quizás por ello quienes las habitamos somos siempre percibidos como seres insensibles que no saben detenerse a contemplar los placeres simples (ni los dolores profundos, como en este caso). Son cuatro años pero son muchos más abismos, y entonces tu aniversario se da entre algunos "mismos de siempre" que nos empeñamos en producir el escenario y entre "otros que van pasando" que, si bien pueden reparar un segundo en el propósito, también están llenos de nuevas preocupaciones y nuevos abismos que atender. Y entonces, de ahí la angustia: porque sí, estuviste ahí, y tu libro fue leído y nos pasó por entre las manos como siempre pero -también- no estuviste y nos fuimos a dormir temprano y, en el fondo de mi angustia (pues no me atrevo a hablar por otros) sigue bailando la idea de que morirse es un proceso paulatino pero que siempre ocurre. Y que los años van lavando esa sinfonía de dolor que nos aturde al principio. Y que no importa lo mucho que nos recuerden algunos, en privado, o las muchas estatuas que nos erijan, en público, lo real es que hay un punto en el que volvemos a ser polvo, arena, espuma. Y con la siguiente ola, la cuarta o la decimonovena, nos desvanecemos -entonces sí- para siempre.

Oye, no vayas a pensar que considero que los personajes históricos sufren un destino diferente: porque no hablo de la imagen que pueda quedar plastificada en un libro o un montón de fotografías. Hablo de esas cosas que sólo la gente que te experimentó en vida puede recordar de ti. O de mí, o de cualquiera. Los héroes de la historia, igual que tú, quedarán asentados en monumentos -de piedra o de letras, da lo mismo- pero terminarán desvaneciéndose en el habitáculo privado de quienes les amaron, les odiaron o les experimentaron un segundo tan siquiera. Ni tampoco estoy diciendo que ya nos olvidamos de ti o que "hace falta solemnidad" en tus aniversarios luctuosos. Son ya, cuando menos, una tradición. Una fecha de asueto para la posteridad. Un segundo en el manto de los días en el que nos detenemos para ti, por ti, y por nosotros, embadurnados de nuestros nuevos pedos, desde luego, pero sin olvidarte.

Sólo digo que me da miedo entender a la distancia esto de extrañar. Esto de morir. Esto de desaparecer y existir nomás en el recuerdo de otros. Y ver cómo, dentro del mío y el de tantos más, todos estamos encadenados, juntitos, y de camino a la negrura y el silencio.


(Con razón estos pinches megalomaniacos no se quieren ir solitos y se llevan tanta gente entre las patas...pues has de saber que ayer en Noruega...


Olvídalo.

julio 22, 2011

Escapista huidizo busca...

I.

Imaginar un personaje como ese: Alguien que escapa de las escapatorias. Alguien que sólo le teme al hecho de escapar. Escapar de la vida. Escapar del continuo, irredento, la malconstrucción de lo perpetuo. Tradición, decían el otro día. La tradición -decía Woody Allen (quién sino él)- es sólo la ilusión de la permanencia. Pero a él también le neurotizan los escapistas. Para ello, muchas muestras: Historias de Nueva York, por ejemplo. Un ilusionista con una caja china en dónde escapan todos aquellos que ingresan. Él, desde luego, "ingresa a su madre" (no, no es insulto). Y su madre, evidentemente, termina apareciendo en las nubes de New York, profiriéndole órdenes y comandos a su atormentado personaje. Lo hizo de nuevo en Scoop. Y lo disfrazó estupendamente en Shadows and Fog, aunque la escapatoria era la misma: la ilusión, la adivinación, la superstición. Ese bonito coctel.

II.

Escapar: o pretender que se escapa. Ponerle nombre al lugar a donde uno va cuando realmente escapa. Luego: seguir escapando. Muy a pesar de que el Gran Hermano te tenga ubicado perfectamente en su GPS universal o imaginario. Pretender que en realidad se puede (o se tiene a donde) escapar. De la muerte, del próximo deadline, de la estación más cercana: esa en la que hay que bajarse del tren con los pantalones abajo, pero sin dejar de ser. Seguir siendo, ni pedo -como diría ese maldito documental- y luego proseguir.

Seguir no es igual que proseguir. Seguir es ciego y proseguir implica un pequeño tropiezo o una pequeña pausa. Una pequeña asunción de lo vivido. Admitir algo: quizás que se es mortal, o que mañana es mañana, o que algo duele de forma estúpida y desproporcionada, pero aún así duele.

Y luego seguir después de eso: Proseguir. Pocos verbos tan lúcidos y elocuentes como ese. Pocas cosas tan importantes en la vida.

III.

Cambiar de opinión. El cliché mierdero dice que "es de sabios". Yo no tengo ni puta idea lo que "sabio" significa en el diccionario de nadie. Pero comparto el cliché. Y lo comparto porque comparto también el proseguir, el escapar y el imaginar que se escapa.

Y estoy de acuerdo que virar salvajemente el timón no siempre es resultado de alguna inestabilidad mental que pueda curarse con pastillas y drogas: Virar el timón puede ser -indudablemente- cosa sabia. Sabia en los términos que la vida nos deja respecto a la sabiduría: Sabio porque duele, o sabio porque hace falta, o quizás sabio porque no hay resabio (valga la cacofonía) en el alma de ese-quien-vira-aquel-timón en donde pueda, realmente, sentirse en SU lugar y adecuado a las circunstancias del mundo.

Virar el timón es -y generalmente involucra- muchos cambios abruptos y no por ello menos deliciosos o aterrorizantes. Parar la rutina sin siquiera detenerla: hacer algo por uno mismo y que por añadidura es hacer algo por los otros: Quererse.

Desear dejar. O dejar de desear eso de conocerlo todo. O de saberse todos los caminos. Descubrir nuevos. O desearlo -otra vez, sí- y al menos. Y ello, no por onírico, deja de ser válido. Ergo, todo lo anterior. Léase detenidamente y luego repita la operación.


IV.

Aterrizar.

Y dicen que para aterrizar hace falta una pista: ________________________________. Ahí va de regalo.

Una larga-larga-larga pista. Quizás repleta de miedo. Depresión. Necesidad de validarse a toda costa. ¿Por qué tomé tal decisión o tal otra? ¿Por qué se me ocurrió que virar el timón era tan fantabuloso, así, tan de repente? ¿Por qué no puedo asirme a esa emoción de entonces, ahora mismo? ¿Dónde está esa certeza? ¿Quién se la llevó? O mejor dicho: ¿Quién COJONES se la llevó de aquí?

V.

Incertidumbre. Es quizás la parte más terrible de toda esta aventura: El momento más dubitativo de todos nuestros ciclos. Dudar de nosotros mismos. Dudar de todo. Dudar de todos. Doblarse ante la angustia y redoblarse ante su compañera, la ansiedad.

Obviamente no he descubierto (ni aterrizado) sobre la forma en la que uno puede librarse de todas estas indefiniciones. Aún las padezco. Persistentemente, si se pudiera decir. Y sin embargo, hoy me queda claro que es sólo mi necesidad de "destino" la que me empuja a sentirme angustiado o ansioso frente a todos esos (voluntarios o involuntarios) virajes de timón (o de caminos). Y claro, también frente a todos sus inherentes aterrizajes. Toda vez que asumo que esa angustia es sólo otra parte de mí y que me exige el que quisiera estar -de vuelta- en alguna patria del comfort, entonces -y sólo entonces- me dejo ir.


VI.

El cielo, que hasta ese momento era un ladrillo gelatinoso y repleto de nubes despreciables, suele disponerse a bailar. Baila-baila-suavecito, a veces. Y otras, las más irónicamente sofisticadas, le da por el tap o el cante hondo o el baile flamenco o cualquier otra disciplina inalcanzable para mi cuerpo y mi alocución espiritual: Realmente no importa. Cuando el cielo se parte con un cuchillo, ese es un día nuevo y una angustia nueva. Y entonces tengo que abandonar mi moral -y dejarme de creer dueño de la ética, por ende- para que la dicha de nacer de nuevo se logre apoderar de mí. Y sin moral, y sin ética grandilocuente, me tengo que dejar ser revomitado encima del timeline de mi existencia.

Y luego nada: Luego ahorita. Me hallo en otro cliché: el de "flojito y cooperando", como dirían los 20,000 dichos mexicanos que tenemos pre-preparados para cada cosa que vivimos.

Y luego nada: Te desdices en abandonar tu blog puñetero por una simple idea. Y luego la expones torpemente. Y luego te vas, sin ver. Y luego piensas: "no lo sé: mañana vemos".

junio 08, 2011

Whatever works...

“The universe is winding down. Why shouldn’t we?”

Hace SIETE –y me cuesta hasta la médula aritmética el sólo pensar en ese número- pero sí, hace 7 años (que ya puesto en número y no en palabra, resulta más fácil de digerir) vomité este blog desde algún cuadrante visceral y galáctico de mis entrañas, y hacia un espacio primordialmente fantasioso y masturbatorio que en aquel entonces solía llamarse, arrogantemente, “la blogósfera”.

No es que esté cansado de vomitar, ni de ser vomitado. Y tampoco es que la causa radique particularmente en el hecho de que nadie lee blogs en estos días, lo que mataría enteramente la fantasía de escucha que en muchos casos nos trajo a escribir idioteces diversas en estos espacios. La realidad es que hoy decido ponerle un punto final a esta historia porque –sí, ya no me resulta tan sencillo escribir cosa alguna— pero –y eso es lo más importante—tampoco me produce ya ningún placer onanista esta especie de confesión categórica que hoy termina. Será que lo categórico me produce más y más pereza conforme me adentro en mis treintas –cosa que sería asquerosamente confirmatoria de ese cliché, pero no por ello menos cierta— pero quizás, y eso pudiera ser lo más importante, he perdido este placer (aunque encontrado otros) y mi vida y sus delirios probablemente ocurren mucho más en el ámbito de lo privado, además de que las propias reglas sociales han fragmentado tanto aquello que pienso y que disfruto, que ya me cuesta sobremanera lograr un párrafo sin sentirme dubitativo de lo que dice, de lo que representa y de lo que simboliza.

Siempre pensé –y ahora lo sigo defendiendo en otras redes sociales- que esto del blog tendría una belleza y una validez que sólo existiría a posteriori. Incluso cuando escribía las primeras líneas de los primeros posts, la fantasía de leerlos “en el futuro” se apoderaba de mí, y me intrigaba saber cuánto podría haber cambiado entonces, quizás al punto de encontrar mis propios pensamientos someramente pendejos o extrañamente acertados. Y hoy puedo decir que la fantasía se cumplió cabalmente –aun si antes de lo esperado— y que leer al Juan Carlos de 25 años me produce –sí- mucha pena ajena (irónico, considerando que debería ser propia) pero también un montón de tranquilidad insospechada en aquellos tiempos: No imaginé que mi visión del mundo podría cambiar tanto en tan poco tiempo, sin duda. Ni tampoco atisbé en lo más mínimo lo mucho que mi propia personalidad habría de responder a los paradigmas generacionales, o de la edad, o de mi propio estereotipo, en todo caso, y que en mitad de mis 32 años mis creencias serían tan distintas y tan elaboradas como lo son ahora, pero que –al mismo tiempo— serían tan mías y tan poco interesadas en propagarse y publicarse con el deseo categórico que las motivaba hace tantos añitos. Es, definitivamente, algo que calificaría como “el colmo de mí mismo”: Un enano categórico de 25 años que se convierte en un troll permisivo y humilde de 32. Todo un proceso insospechado.

Recién termino de ver, evidentemente, Whatever Works de Woody Allen. Y sí, hay cosas que no cambian. En el íntimo núcleo de mi personalidad habitan los mismitos fanatismos y muchas de las mismas fascinaciones. Woody Allen sin duda es una de ellas, y de aquellos, y pocos fans conozco que hayan soportado la interminable serie de mamadas que el señor nos recetó en la última década sin haberlo abandonado en algún punto y hablado mierda absolutamente justificada de sus chaquetas cinematográficas. Y sí, quizás en buena medida yo también estuve en la frontera de eso mismo, particularmente después de Vicky, Cristina, Barcelona y toda la descarada maquinaria de clichés baratos que tuvo a bien montar en dicho filme, con todo y la débil erección que a algunos podría haberles provocado la imagen de Johansson y Cruz manoseándose en primer plano. Temo decir que no fue mi caso, y no porque ellas no me parezcan absolutamente deliciosas en todos los sentidos, pero porque mi incredulidad y amargura hacia la propia obra era tal, que ninguna escena lésbica imaginable podría haberme apaciguado la bilis. Pero tercamente, y luego de mucho rato de “limpieza” mental, decidí darle otro chance al otrora gurú. Y definitivamente valió la pena.

Whatever Works es un guión del Woody Allen de los 70 en todo el sentido de su confección y su propuesta. Una espléndida preconcepción de “La Rosa Púrpura del Cairo” que evidentemente era demasiado amarga y misantrópica para el Hollywood de aquellos tiempos pero que es absurdamente natural en el mundo contemporáneo. Es un Woody Allen tan puro y tan corrosivo que el propio Larry David se desenvuelve dentro de sus líneas con una comodidad capaz de poner nervioso al más intenso de los devotos de ambos creadores. Y sí, ambos rompen sin temor la “cuarta muralla” cinematográfica en la primera de las secuencias, y ambos –cada cual con su aportación personal— le hablan al espectador, sin pudor alguno, sobre la futilidad, los trastornos obsesivo-compulsivos, la hipocondría, la infelicidad incontestable y el absurdo del amor y las coincidencias sin ningún tipo de filtro dramático que suavice la contundencia de todas esas racionalizaciones neuróticas. Y sin embargo, si ese espectador eres tú y tú has transitado por alguna de esas obsesiones alguna vez; y si simplemente has llegado al punto de tu vida en el que jamás podrías ser tan categórico (porque seguro ya lo fuiste) como esos personajes de caricatura biliosa que se te presentan, entonces te ríes. Y seguramente también gozas.

Y es por eso que –no la película pero sí la circunstancia pragmática que comunica— me provocó el deseo de ponerle punto final a este blog y continuar con el “whatever works” que desde hace rato rige mi vida. Abrazar la aleatoriedad. No perder la esperanza en que no hay esperanza alguna más allá de la coincidencia. Comprender la coincidencia como algo que ocurre milagrosamente. Hacer de la coincidencia el verdadero milagro. Y no despreciar el milagro por el simple hecho de que sea –precisamente- otra coincidencia, sino vivirlo: dos horas, dos días, dos años, dos veces: Whatever works.

Y esta coincidencia, sin duda –y así nomás— ya se acabó. No estuvo mal. No puedo decir que no la disfruté por un largo, largo rato. Es sólo que hoy toca el turno a la siguiente.

Hasta otra.

diciembre 24, 2010

Por las barbas de Jesús, ¡No mientas!

El abandono de este -y los otros blogs- no es suficiente excusa para quedarse callado esta vez. Ya no es mi apatía la que ejerce el dictado sobre mi voluntad, y menos cuando mi remedo de país se toma la molestia de transitar hacia un territorio aún más inverosímil que el anterior. Y es que resulta que ya liberaron a "don" Diego...

Hace poco más de 2 meses me llegó, de buena fuente, la noticia de que en efecto liberarían al señor, tras el pago de módicos 20 millones de dólares en efectivo. Hoy se dice que fueron 30, en bolsitas de plástico, y que fue hace unos 20 días -y no unos meses, pero tampoco anteayer- cuando los sospechosísimos "desaparecedores" soltaron al susodicho barbón. Y bueno: Esa es una historia creíble, vaya. Porque sólo un subnormal podría comprarse que al jefe Diego lo liberasen la misma mañana en la que llegó -lozano y rozagante- a dejarle rosas a su nalguita eclesiásticamente certificada, conduciendo su Mercedes plata -ahora si bien blindado- y presumiendo una pancita sólo comparable con la finísima perfilación de su blanca barbita. Esa historia, mi despreciable don Diego, no se la creyó ni su chingada progenitora. 

Pero no es eso lo importante, en realidad. Pues ya nos dejaron muy claro los medios masivos, que nadie estará ahí para cuestionarle su fantasía al papanatas en cuestión. Todos replicaron sus "palabras", sus "impresiones" y sus grandísimas misericordias, mientras que apenas algunos repararon en la absoluta carencia de lógica de toda su historia, y aquellos que lo hicieron ya están -par de días después- muy calladitos o "enfocados" en otras cosas. 

Se me ha preguntado que cuál es mi postura. Que si pienso que realmente lo secuestraron o respaldo la teoría del autosecuestro cínico. Que si ya leí los comunicados emitidos por los supuestos captores o sólo me he dejado llevar por la silueta de su barba blanca y sus cabellos parejitos. Y yo, honestamente, no he sabido responder. 

Debo decir, de entrada, que desde el primer comunicado olisqueé un aroma "marxista" en esas líneas. Y entonces, dado lo escueto de los comunicados, sí presupuse que todo era un montaje bien esgrimido por alguien capaz de capitalizarse con la desaparición de un personaje tan nodal como lo es DFC. Pero luego me llegaron otros datos: Que sí estaba desaparecido en verdad. Que sus hijos no conseguían juntar la cifra. Que nadie sabía a quién más recurrir. 

Y entonces sobrevino el 21 de diciembre, y el señor surgió de entre las matas portando un "look" impoluto y señorial. Citando al quijote. Perdonando, cristianamente, a sus captores. Exigiendo que su caso se tratara como cualquier otro. Y luego leí el larguísimo "epílogo" de sus supuestos captores, y ahí me perdí para siempre...

No concibo cómo un grupo que es capaz de redactar semejante documento (mucho más crudo y real que ningún comunicado del farsante Marcos, por ejemplo) sería capaz de apuntar todas esas cosas Y AL MISMO TIEMPO DEJAR VIVO a un Diego que aparece tan evidentemente como un claro instigador de toda esa "violencia" multiforme. Y no es que yo le deseara la muerte más que ningún otro de sus detractores, pero -sin duda- no esperaba verlo regresar con semejante fanfarria. 

Y sí: Yo he denunciado desde hace años que la miseria es -sin duda alguna- una de las peores formas de violencia a las que nos somete el Estado Mexicano (y muchos otros latinoamericanos) y que siempre lo hace desde una cómoda postura pasivo-agresiva, mientras -por ejemplo- denuncia y oprime a quienes activamente luchan contra esa mismísima miseria. Sí: -y lo he dicho hasta el hartazgo- la miseria en la que vive más del 60% de nuestra población incontable (112 millones según el defectuosísimo censo de 2010), es -quizás- la peor de las formas violentas que permite y justifica un Estado como este. O debiera decir un "estado", con minúsculas, pues vive debajo de una Constitución sublime y "ejemplar", pero dedica todas sus horas a perpetuar su amargo incumplimiento. 

Estos, nuestros estados de venas abiertas, parafraseando al maestro Galeano, viven dedicados a perpetuar la insatisfacción, la miseria y la locura. Y mientras nosotros, los distraídos, los oprimidos, los desvalidos, reparamos en todo eso, ellos le declaran guerras a enemigos imaginarios -o más bien muy conocidos- como el "narco" (una bolsa conceptual más, en la que entra todo lo "malo"). Y entonces los noticiosos publican cifras de sangre. Y alguien, algún contador -quizás- recoge todas las ganancias y las organiza, y las distribuye, y luego regresa -tranquilo- a su silla. Padre, perdónalo. Él tampoco sabe lo que hace. Ni para quien trabaja. 

Y es así que no sé. No sé si realmente CREO que esos misteriosos desaparecedores EXISTEN. Tiendo a pensar que no. Y que todo es un delicadísimo texto fabricado por los literatos que -también- contrata el CISEN. Que todo ese larguísimo epílogo -que casi nadie leyó, por cierto-  se fabricó en un cubículo gris de alguna oficina -pública o privada- y que el señor "don" Diego pasó los últimos siete meses muy tranquilito en algún culo del mundo. 

Y es que la única alternativa es que no sea así. Y que todo esto sea real y que exista, en verdad, un grupo inconforme tan bien organizado como para pasar así de desapercibido siendo así de radical. Y que ese epílogo sea verdaderamente una arenga revolucionaria, en lugar de un mamotreto oscuro y recluido por el cerco informativo nacional -como lo es ahora- sin más eco y sin más gloria que la que ya no obtuvo. 

Y es justamente eso lo que me devuelve a la duda: ¿De ser tan poderosos, no habrían podido condicionar la liberación del susodicho a la extensiva y clarísima propagación de ese último mensaje? ¿No hubiese sido mucho más fácil orillar a los donadores del rescate a publicar ese último y corpulento mensaje si en verdad querían vivo a su patriarca don Diego?


Se sabrá jamás. Con su larga, larguísima e impoluta barba blanca, Diego llegó empuñando unas flores, en su Mercedes plateado (y bien blindado), hasta donde lo esperaban sus "amigos" los reporteros. 

Contó su cuento. Maquilló a su caperucita y luego se apeó. 


Entró a la casa y dejó afuera a México. Al bonito -y que se ve muy bien desde la cima de su casa- y al terrible: Ese que sus captores -dicen- que hace falta presenciar. 


Patrañas. 

octubre 15, 2010

Baby, it's cold outside...

Conforme pasan los meses y los años, cuando menos desde que abrí esta cagada de blog, en un arrebato de aburrimiento y desesperanza en las postrimerías de 2004, me sigue sorprendiendo la validez de aquello que me motivó desde el mismísimo principio. 

Pensaba, por aquellos días -y un poco todavía- que echar a andar un blog supondría una forma muy interesante de mantener un fiel registro de mi imbecilidad, entre otras cosas. Y la verdad es que se ha cumplido cabalmente esa expectativa primigenia. Hoy miro en retrospectiva todas estas idioteces y me puedo hacer, feliz e impúdico, una chaqueta mental del tamaño de lo que ha sido mi mundo en los últimos -casi- seis años. 

El poder de verse a uno mismo en retrospectiva, sin embargo, no sólo acarrea ese sentimiento de autodesprecio y ternura que uno puede sentir frente a sí mismo cuando se lee a la distancia. Pues es también una herramienta de apapacho y autoindulgencia, autocomplacencia -vaya- y fue esa la precisa razón que me inclinó a elegir la URL del blog desde un principio. Mi blog como un refugio para mi estupidez. Mi blog como un refugio para mi autofustigación, que no es otra cosa sino la forma más cruel de la autocomplacencia. 

Y evidentemente no me arrepiento en lo absoluto. Quizás me dan un poco de pena los muchos o pocos trolls que han criticado el valor literario de esta bolsa de mareo virtual. Y es que la expectativa de encontrar cualquier cosa rescatable, en términos literarios, es al mismo tiempo un halago y un mal chiste. Y a pesar de que me siento una persona radicalmente diferente a la que abrió este lugar en un principio, no tengo reparo en cobijarme en la cínica e igualmente primigenia aceptación de que esto no es ningún experimento creativo en el que pretenda erigirme a mí mismo monumento alguno. Pues, como en la vida, aquí yo sólo vine pasando. Iba pasando. Pasé. Y cuando de repente me dieron ganas de hacer un pequeño grafiti en una pared que ni siquiera es tan pública como parece, lo hice. Lo hago. Y esa fue la premisa desde el primer minuto. 

De cualquier modo, no puedo evitar asombrarme con lo distante que me resulto a mí mismo. No son siquiera 6 años, pero las diferencias entre lo que me cimbraba en aquel momento y lo que me inmoviliza ahora, son absurdamente divergentes. Encuentro pocas cosas en común con el mí mismo de hace 6 años, o por lo menos con el mí mismo que escribía ávidamente sus pendejadas casi a diario. De entrada, esa avidez. Ese hambre que ahora desconozco. Aunque eso es normal -según dicen- ya que "el 80% de los blogueros del lustro anterior, ya ha abandonado la práctica de bloguear disciplinadamente", según el último estudio que no conozco y me estoy sacando de la penúltima arruga del recto. Y sin embargo, es bastante constatable con cada click en el directorio que apenas hace unos añitos había que mantener "al día", y que era disciplina necesaria en una noche como esta. Hoy, eligiendo aleatoriamente cualquiera de los blogs que tengo enlistados allí, es sumamente probable que el último post tenga cuando menos 6 meses de antigüedad. Eso no pasaba antes. 

Pero bah, no pretendo establecer una diatriba puntual que denoste a los que eran "mis blogueros necesarios" hace tanto o tan poco tiempo. De entrada, no tendría autoridad moral para hacerlo, sobre todo si miro el decreciente contador de posts que aparece junto a cada uno de los años que este mausoleo blanco (o debiera decir gris, mejor) lleva reposando en la web. Quizás sería más adecuado asumir que, como todas las relaciones -reales o virtuales- nació envuelto en un idilio, creció resuelto en una convicción, se reprodujo absorto en el onanismo, y ahora muere, "lentamente, como cae un árbol"... Y aún así, me intriga. Porque así como los burgueses pagaban por sus retratos y lo colgaban en las paredes de sus casas veraniegas, nosotros los burgueses contemporáneos persistimos en perpetuarnos a toda costa -y casi siempre via el autorretrato virtual- y nos colgamos de estas paredes tecnoabstractas que nadie puede ver, pero que -chaqueteramente- asumimos aún que todos miran. Y eso, aparte de -nuevamente- onanista e irrisorio, no deja de ser fascinante. 

El siglo XX parece habernos inculcado no sólo la noción de nuestra propia futilidad, tanto individual como en proporciones de especie, sino también el deseo de colectivizarnos tanto como sea posible. Y aunque los absurdos y anacrónicos clérigos (de casi todas las iglesias) persistan en querer renegar de Galileo y sus consecuencias, cada niño que nace en un ambiente urbano y occidental (o cuasioccidental, para que los historiadores que insisten en que América Latina no es occidental no me estén chingando), nace en un mundo que ya se sabe finito y probablemente pusilánime en términos cósmicos (si bien le va). Y ese niño, aunque no lo sepa, de todos modos aspira a lo otro: A la hiperconectividad. A la tecnologización de su vida diaria. Aunque eso signifique tirarse un pedo y que las mariposas que aletean en el Japón, puedan tomarse un segundo para degustarlo, por caotizarlo de la forma más suave que se me ocurre ahora mismo. 

Lo mismo me pasa conmigo mismo. Y eso que ya tengo mucho tiempo de no ser niño. Y eso, incluso, que cuando era niño no tuve tiempo, ni ganas -en realidad- de ser un niño en el amplio sentido que implica ser "crianza" (como se diría en portugués), ya que mi neurosis ocupó el lugar de la fantasia desde las primeras horas cósmicas de mi vida. Pero es justamente eso: Mirar lo que ha hecho de mí esta colectivización voluntaria que yo solito adopté desde que empezaron a vender el internet en mi colonia. Y todavía más clara, y más fehaciente, desde que abrí esta chingadera de blog y comencé a evacuar dentro de él, hacia fuera y con dedicatoria para el mundo, todas mis pendejadas. Es al mismo tiempo deprimente y fascinante. Es un turn-on y un turn-off. Es, como todo este futuro que ahora vivimos y que imaginaron los cienciaficcionistas de los 60, y de los 50, y de los 40, y hasta Julio Verne, una ridícula, patética y al mismo tiempo abrumadora experiencia.

No me queda claro si lo que realmente deseo es poner punto final o persistir en el punto y seguido (o aparte, si bien me va). No sé cómo habré de mirar esto mismo cuando cumpla 35, o cuando cumpla 40 o cuando cumpla 115 años y me coma mi pastelito por via intravenosa. Tampoco sé si cumpliré ninguna de esas edades, ni tampoco si llegaré a ninguno de esos deadlines. No sé si miraré esto con la misma lástima y ternura con la que miro lo de hace 5 años. Y tampoco me importa gran cosa.

Puedo, sin duda, atisbar que hay un "core", un núcleo que me hace seguir siendo yo mismo y que me hace saber que el que escribió sus pendejadas hace media década es el mismo que escribe ahora. Gorostiza, por ejemplo: "aquí, sitiado en mi epidermis...". Y Efraín Huerta, dentro de cualquier poemínimo o trepado en las LSD Airways. Y otras cosas varias. Sigo detestando a Franco y a los fascistas. Al PRI y a los conformistas. Al PAN y a los cristeros. A Pinochet y a los culeros. Esas cosas no han cambiado en mis vísceras. Y no creo que cambiarán nunca. Espero (y si cambian, por favor péguenme un tiro si tienen chance y se consideran buenas "personitas"). 

Pero la parte deprimente es que, conforme pasan y pasan los minutos, y los meses y los años (recapitulando las primeras palabras de este mamotreto), detesto más y más cosas, y amo y disfruto cada vez menos. Y no me agrada el hecho de que crecer no termine de significar desaprender y desamar. Que no hay un tope para eso, y que las decepciones sólo sigan acumulándose sin que la sorpresa y la fascinación eufórica que abundaban en la infancia, vuelvan a aparecerse en lo absoluto. Abomino que hacerme viejo esté convirtiéndose, pues, en un vil proceso de amargamiento y desdén, en lugar de dar pie a que renazcan o aparezcan nuevas y mejores razones para vivir con gusto. 

Me han dicho que es porque no he procreado. Y que toda mi desesperanza reside en que a mis 31 años me he privado de esa parte de la ecuación biológica "natural". Procuro no hacer mucho caso a ese argumento, pero cada día cobra más sentido. ¿Qué otra cosa puede hacerse de forma más intrínseca que un hijo? ¿Dinero? ¿Obras de "arte"? ¿"Logros" profesionales?

Pero carajo. En mi pinche mundo pseudoliberal, tener un hijo no es "crear" una obra. En todo caso, el proceso de creación comienza eyaculando y termina con el parto de alguien más. Pero el resto no es ni responsivo ni predecible. Y sí, carajo, it's fucking cold outside. ¿Cómo podría atreverme a traer una persona a este universo si no tengo ni puta idea de cómo lidiar con él yo mismo?

Meh. Preguntas para leer en 5 años. Si todavía estoy por acá. 


Mientras...

"I really can't stay - Baby it's cold outside 

I've got to go away - Baby it's cold outside

This evening has been - Been hoping that you'd drop in

So very nice - I'll hold your hands, they're just like ice

My mother will start to worry - Beautiful, what's your hurry

My father will be pacing the floor - Listen to the fireplace roar

So really I'd better scurry - Beautiful, please don't hurry

Well maybe just a half a drink more - Put some music on while I pour"

septiembre 22, 2010

Terremotos (larguísimo post previo a la Gran Respuesta)

Lo dije ya hace mucho tiempo, pero los meses, para mí, siempre vienen entintados en cierto color. Siempre el mismo.

Es muy probable que se trate de una conducta aprendida en la infancia, pero realmente, no lo sé. Septiembre, para mí, y desde mucho antes del terremoto, ha sido un mes café. Aunque no realmente café sino más bien marrón. Un color que juguetea entre la mierda y la sangre. No es totalmente mierda, no, pero tampoco es totalmente sangre.

Sobra decir lo que ya he repetido hasta el hartazgo. Mis historias acerca del terremoto. Su gran significado en lo que resultó ser mi vida (y la cual no sé si terminará pronto, pero debo averiguarlo la próxima semana). Sobra decir un montón de cosas. Y en realidad, este blog, es un gran "sobra decir", pero lo diré de todas formas.

No, yo no viví la agonía de mi ciudad en ninguna de sus presentaciones. Mis padres, anonadados por el primero de los terremotos (porque fueron dos, y que a nadie se le olvide), tuvieron a bien (mal) dejarme en casa de ciertos parientes, mientras huían buscando un nuevo lugar para vivir, lejos del olor a muerte que pobló esta ciudad durante toda una década. Y también -sobra decir- que lo encontraron: "Allá lejos", cuando todavía el "lejos" estaba a más de una hora de distancia, en Tepoztlán, Morelos, donde -irónicamente- tuve que aprender acerca de la muerte, entre muchas tantas cosas.

Ese Tepoztlán todavía sobrevive en mi memoria. No tenía internet de banda ancha ni tampoco, siquiera, teléfonos que sonaran en cada una de las casas. Era un pueblo cuasivirgen, podría decirse, y que, sin deberla ni temerla, captó a su gran camada de forasteros justamente en aquellas épocas. Entre los que no éramos suficientemente fuertes para ver morir a la ciudad. U olerla. O paladearla. O cualquier cosa.

Viví, pues, mis años más edípicos en el aún más edípico Tepoztlán. Y hoy en día pienso en mi madre de aquellas épocas: Era una muchachita de 27 años. Los mismos años que me resultan irrisorios cuando se plantan frente a mí, empuñando su más categórico nivel.

¿Y cómo podría culpar a mi madre de todos mis males, si ella era simplemente una niñita aún más perpleja de lo que yo me encuentro ahora mismo?

Caminé mi sendero hasta la escuela rural y de vuelta, durante un tiempo que pareció interminable. Visto a la distancia no fueron siquiera tres años. Pero para mí, niño deseoso de caminar su propio sendero, resultaron imprescindibles. Sé que a mi propia madre le provoca una inmensa culpa todo aquel período de libertad que años después, ya de vuelta en la ciudad, le resultó impensable para mis propios hermanos. Pero yo, siendo absolutamente honesto, soporté felizmente toda la discriminación inversa de aquella escuela rural, donde no sólo era yo el "güero", sino también el "chancla mojada", el "miss miji", el "putito" y -a la vez- el favorito de "la profesora". Me endurecí, año tras año, mes tras mes, caminito tras caminito (de la escuela), que gracias a ello aprendí a soportar la exclusión de una vez y para siempre. Y aprendí a quererla, a tolerarla, a asimilarla y a vencerla. Por siempre jamás.

A mi casa llegaban, todos los días, un par de litros de leche bronca. Recién ordeñada de las vacas con las que peleaba -imaginariamente- de camino a la escuela. Recuerdo a Benita -mi nana y la nana de todos, en realidad- hirviendo religiosamente, todos los días, ese par de litros de leche inmasticable, cada día. Cada uno de ellos. Hasta su muerte.

En el jardín más próximo al escondite-casa que hallaron mis padres, habitaba un árbol de ciruelas. Pero no de esas ciruelas de supermercado que son tan redondas y tan perfectas como la cartera de quien las compra. Sino "de las otras". Esas esperpénticas chingaderas amarillas. Ovaladas como el universo. Suculentas siempre y cuando se les robase de su debida rama. Jugosas y sin rumbo. Las ciruelas de Atongo, las Tepoztecas, las olvidadas -a ratos- siempre y cuando no te cayeran en la cabeza. Ah, tantos y tantos días de ciruelas. Tantas ciruelas y tan poco tiempo. Tan poco tiempo y tan pocas excusas...

También robábamos tomates tiernos. Recuerdo muy bien que ahí aprendí a comerlos, porque antes -en mi vida urbana y semidigital- los aborrecía. Martín, un chico de la escuela que acabaría por apedrearme con toda la saña del mundo, fue quien me enseñó el camino. "Mira" -me dijo- "acá enfrentito de tu casa siembran un chingo de jitomates". Y mientras yo confirmaba estupefacto lo que aquel gurú me enseñaba, replicó sin pudor: "Vamos a chingarnos unos cuantos, miss Miji".

Me enseñó entonces que los alambres de púas -a los que mi madre me había hecho temer desde el principio, por aquello del tétano-, podían doblarse y moverse a conciencia. Y penetramos en el huerto de quién-sabe-quién. Cuando todavía había huertos en Atongo. Antes del hormigón y los teléfonos celulares.

Sumergidos entre las plantas, Martín miraba extasiado todos los frutos. Eran apenas lo que hoy se vendería -caro- como "tomate cherry" en los supermercados del esnobismo. Él, simplemente, comenzó a podar. Y a comer. A comer como si no hubiera mañana -valga el cliché- y porque, en realidad, no lo había.

"Ándale, putito, prueba uno. Están buenísimos...". Por la única e indefectible culpa que me había sido implantada en la infancia más remota, yo sentía culpa de cortar y comer aquellos frutos divinos que eran el pleno producto de la real revolución mexicana: "No chingues, Martín. Nos van a cachar y nos van a chingar..." - le decía.

Probé uno, dos. Una docena. Ni siquiera lo recuerdo. En aquella época quemaban pollos vivos a un lado de la casa, así que el gran pedo de los nuevos residentes consistía en no inhalar a esos pobrecitos pollos incinerados. Y ni siquiera eso: Los pollos les valían verga, pero la pinche peste no los dejaba tomar el sol a gusto entre semana.

Visto en retrospectiva -como siempre- aquella certera pedrada que Martín me propinó en la sien fue totalmente merecida. Él me enseñó a cazar ajolotes. A robar tomates. A caminar caminos. Y yo, putito preconcebido como él siempre lo vió- le respondí con mariconerías. Siempre mi pánico ante la autoridad. Siempre chingando la fiesta -vaya-.

Y sin embargo crecí en aquel entorno, y me dejé de mariconadas eventualmente. Me enamoré de dos o tres vecinitas. Aprendí a sacarle jugo a mis 20 minutos de camino hasta la escuela. Ya fuera chingando a los "bueyes" (vacunos) o escapando de los toros. Y de regreso, claro, aprendí a manipular en manos de esos primigenios tepoztizos que ya se anidaban sobre la calle de Ignacio Zaragoza (que sigue sin pavimentar, gracias a Fox).

Como todo lo sobrante, sobra decir que aquella experiencia rural fue determinante en mi vida. No sé qué sea de Martín o de Maribel, la niña que me gustaba en la escuela. Sé que, muchos años después, me enamoré de otra Maribel, y que buena parte de ese amor tenía que ver con el puro amor que le tengo al nombre en sí mismo. La maestra, Celia, ya era cincuentona en aquellos tiempos. Y hace no mucho pasé por la mercería que tenía en pleno centro y la descubrí ancianísima. Y no le dije "hola" -me arrepentí- pero su mirada perdida me desinfló todas las ganas de provocar a su memoria. Quizás me equivoqué -seguro- pero de eso, ya no más.

Mi historia con Tepoztlán es mucho más larga que esta breve introducción. Y la escribo solamente porque no sé si la muerte me esté acechando, pero me han dicho que es posible. Y sólo por eso, sin duda, quise dejar constancia de lo mucho que me forjó ese pedazo de vida "REAL". De lo mucho que extraño a un Martín que me apedree cuando estoy siendo un imbécil, una leche bronca que hierva durante horas para recordarme que nada está dado, y una maestra Celia que quizás ya está muerta desde hace años, pero que pervive -sin duda alguna- en el mismísimo centro de mi corazón. Y que apenas hace un par de días encontré el mismísimo centro. Y que lo añoro estúpidamente. Igual que a Tepoztlán. Igual que a los tiempos en los que no había teléfonos ni páginas ni otra cosa que no fueran las ciruelas. Los niños, entonces, añorábamos el tiempo de ciruelas. Y aprendíamos a trepar los árboles sólo por ello.

Y tras bajar, con las manos llenas de aquel estúpido tesoro, nos enamorábamos -y enamorábamos- a las niñas, a las madres, a los viejos. El mundo era más simple y yo...

Yo no me sentía viejo.

septiembre 08, 2010

Intervalos epifánicos desechables.

Mis muchos años de psicoanálisis ecléctico todavía no me han provisto de una sana respuesta. Y es que, por más que pretenda alejarme de lo que el universo del cliché persiste en llamar "las femme fatale", dichos personajes siguen siendo los que más provocan mis reacciones, conocen mis botones, y me llevan al delirio.

Atrás quedó el tiempo en el que supedité a mis congéneres (entendiendo esta palabra como se debe. es decir, compartientes de género sexual, ergo, hombres, varones o changos con pito entre las patas). Y es que hace mucho proclamé mi fascinación por mis no congéneres y su cuasigenética capacidad para construir laberintos pertinentes. Más allá de lo freudiana que podría ser la explicación, yo simplemente hallo a las mujeres mucho -pero mucho- más interesantes que a los hombres (y por ende, que a mi mismo). Sin calificativos de bien o mal. Sin maniqueísmos, pues. SImplemente más interesantes.

Pensé en escribir un post lisonjero, apapachador, suave. Y no por que ella necesite menos, sino porque en mitad de la noche me resultaba adecuado. Y todas las imágenes y los abrazos metafóricos que se suscitaron en ese punto, no dejan de tener validez, pero tampoco van aquí.

Aquí sólo mi propia fustigación. Mi pequeño instrumento de tortura. Por lo menos hasta mañana. Mañana -con ella, quizás, o sin ella, lo más probable- habrán reposado todas las lisonjas. Y se habrán despojado de cualquier elemento cursipendejo whatsoever.

Esperaré hasta entonces. Sin contar los minutos. Pero eso, claro, no es gracias a mí o a la noche. Ahí habría que agradecerle a Pfizer y su adorado Alprazolam. El mismo que me pondrá a dormir en breves minutos, y del que quisiera tener -algunas veces- un cierto ducto pirata para ordeñar de las benzodiazepinas, toda la calma que me hace falta.


Espero que el ostracismo al que estoy a punto de suscribirme, haga las veces de semejantes drogas. Y si no, pues

les pido

Ayúdenme a callar. (Pero no por fuera).

Mejor por dentro.

septiembre 06, 2010

Hombre al agua.

Por último, cuando el éxito haya consagrado tantos años de labor, cuando sus deseos se hayan
cumplido, el Sabio, despreciando las vanidades del mundo, se aproximará a los humildes, a los
desheredados, a todos los que trabajan, sufren, luchan, desesperan y lloran aquí abajo.
Discípulo
anónimo y mudo de la Naturaleza eterna,
apóstol de la eterna Caridad,permanecerá fiel a su voto de
silencio.
En la Ciencia. en el Bien, el Adepto debe para siempre
CALLAR.

Fulcanelli: "El Misterio de las Catedrales"


Ayer, un viejo-amor y ahora-muy-querida-amiga me pidió que leyera y opinara sobre su recién cocinada página web. No me tomó más de 30 segundos encontrar los errores ortográficos y gramaticales en sus textos. Y a pesar de que creo en su idea originaria, tuve que decirle que sus "párrafos de venta" me parecían desordenados y difíciles de entender. Tal vez no para mí, porque la conozco tan profundamente que podría haberla parido, indiscutiblemente. Pero para cualquier "aventurado visitante", esa filosofía que trataba de resumir en tres párrafos era simplemente incomprensible y muy probablemente molesta.

No sé cómo. Bueno, sí sé. Pero prefiero pretender cual si no supiera cómo me volví un analista semántico enfocado a la mercadotecnia y la usabilidad de las páginas web. Acá, en mi terruño virtual, soy todavía más tortuoso e incomprensible que lo que mi amiga pretende ser en sus tres párrafos por sección. Mi prosa, tal y como le vi calificar a Álvaro Enrigue aquellos hermosos disparates de Monsiváis, es algo verdaderamente repugnante y retorcido. Sobre todo cuando quiero expresar una idea que en mi cabeza califica con un grado de certeza cuasisublime, pero que al momento de aterrizar es simplemente incomprensible e inexplicable, carente de enunciados que mi mente sea capaz de construir. Y juro que no es por las putas ganas de hacerme el hermético/interesante.

Hace no mucho tiempo mi querido amigo Francisco Goldman me dijo, en la peda -claro- y tajantemente, que yo no soy un escritor por donde quiera que se me vea. Él me sugiere que intente el cine, la pintura, la chaqueta ilustrada: Todo menos escribir porque -según él- carezco de la disciplina que un escritor debe abrazar cada que se enfrenta a su obra. Sobra decir que semejante juicio destruyó cualquier aspiración que me quedase en el doblefondo literario de mis ansias. Y digo: Tampoco es culpa de Frank. Yo mismo he soslayado mis proyectos personales al punto que soy el mismísimo cliché del pendejo treintañero que ya no hizo lo que quizás pudo. Nada nuevo. Harto triste.

Sin embargo <-- (y con todo lo que detesto semejante expresión), hoy debo anunciar que me largo. Perdón por la rima, pero así es. Me largo y me largo al ostracismo. Me largo a donde Frank no me encuentre. (subjuntivo, carnal). Me largo a donde pueda escabullirme de mí mismo y -tarde, pero mejor que nunca- pueda comenzar a terminar (sic) todos mis textos inacabados.

No me largo de todos. O de nadie. Seguiré, posiblemente asequible, en los números que ya le compré al Big Brother desde que despertó de su letargo Orwelliano. Y no va a ser fácil. Porque no sólo huyo de mi hueva y de mi aburrimiento, sino que también estoy dejando atrás esa disponibilidad amorosa que tengo para con la mujer más significativa de mi vida (y no, Woody, no es mi madre ni tampoco mi hijastra). Y estoy seguro que me va a costar.

Pero no puedo postergar estos deseos. No se vale. No es justo, por donde quiera que se le vea. Yo no nací para encantar a los mercadólogos de ninguna parte. Puedo hacerlo, sí, y lo seguiré haciendo, también. Pero ese, perdón, NO es mi destino. Y tampoco mi destino existe, porque la vida que he llevado ya me enseñó que no hay otro supuesto "destino" que el trayecto en sí mismo. Y aunque ya sea un cliché, hoy tengo que separarme de esa convención para olisquear la soledad. Tengo que modificar el trayecto, para poderlo abrazar humildemente y sembrar sobre él cualquier posibilidad de amor.

No sé si estoy cometiendo el error de mi vida. Lo dudo. Creo que ese puede ubicarse hace más de 15 años, cuando -categóricamente- me creí capaz de hacer mi propio camino, sin haberme deshecho del que me fue implantado. Y no importa. Hoy sólo quiero pasto, frío, calor, simplicidad. Quiero no tener televisión. Quiero encontrarme lejos de todos. Y quiero acabar ese libro, ese guión, esa historia. La que sea.

Antier me enteré que Elsa Cross escribió el poemario con el que llevo trabajando desde los 16 años. Le puso el mismo nombre y escogió el mismo tema. Tengo -claro- que ir a comprarlo. Le dieron el premio nacional de poesía. A esa idea. A la misma que tengo desde que me propuse hacer poesía. Elsa Cross. La ex-mujer de Juan Tovar. El traductor de Castaneda. El Harry Potter de mi generación (y varias anteriores).

No me importa si el Nadir ya fue publicado. El Nadir no es una persona. Se escribe con minúscula: nadir. Es el punto más alto de la noche. En donde no hay atisbos del día. En donde las brujas solían bailar, y donde la muerte sirve su ensalada. Qué va. Seguro hay otros nombres para eso. Porque de nombres está hecho el hartazgo. Ay, los putos nombres.

Nos creemos tanto por el simple hecho de poder nombrar.

Uno quisiera entender la vida sin lenguaje. Pero es imposible. Y así se explica el fanatismo de todos los malditos locos del mundo. Tienen demasiadas sílabas. Demasiadas palabras. Demasiadas ideas.

Es entonces cuando uno abraza a Fulcanelli. Y sus últimas letras. Y entiende el valor de -finalmente- callar.