Mi Vida Roza

La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

noviembre 20, 2009

Division Bells (post largo, sesudo y lleno de Luz y Fuerza, je)

Pueden creerlo: Soy de izquierda total pero no desprecio absolutamente la liquidación de Luz y Fuerza del Centro.

Durante años, LyFC había sido una verdadera carga personal: para mí y para los míos. Meses de cobros irrisorios (3500 por bimestre en casas de 12 focos, por ejemplo). Cortes arbitrarios, departamentos vaciados por caseros abusivos y coludidos con la empresa, vaya: Una verdadera monserga por donde se le vea.

Y sé perfectamente que no era yo el único. A mi medianamente humilde edificio en la colonia Juárez -al mismo tiempo que a mí- le llegaban recibos de 30,000 pesos por una minúscula bomba de agua plus 10 focos que alumbraban el largo camino de 4 pisos que compone toda la inconmensurable construcción. Tomó muchas horas de queja y demostración, además de 6 horas de arresto personal en los separos de la delegación Cuauhtémoc, para que la extinta compañía de luz y fuerza del centro nos dejara de chingar alevosa y redomadamente. Nada padre, si me preguntan a mí, que pasé (y pagué) por un arresto ilegal, sin deberla ni temerla.

Es así que mi postura -no la personal, sí la política- poco tiene que ver con mi desprecio profundo y absoluto de la susodicha empresa. Al día de hoy, para colmo, yo les debo 5,032 pesos. Tres bimestres de 200 pesos y uno -misterioso- de 4,400 pesos (cobrados en tarifa de alto consumo, por los huevos de quien sabe quien).

Sobra decir que nunca les voy a pagar semejante cantidad. Probablemente robe el medidor o me haga absolutamente pendejo cuando -en el año 5000- la CFE se tome el tiempo para cobrarme tales fortunas que yo -por supuesto- desconoceré absolutamente. Y sin embargo, no comulgo con la liquidación de tan infernal empresa. Y no lo hago por razones tan válidas como las que llevaron a Felipe Calderón a despachársela: Y es que no me da la gana.

Las cifras son sumamente ambiguas: Algunos afirman que LyFC implicaba cerca de 60,000 empleados formales (y probablemente chingonomil informales). Si semejante cifra fuese cierta, hoy hay 300,000 individuos que -de un día para el otro- se quedaron sin ingreso-alimento-comodidades-etcetcetcétera. Y por más que yo desprecié, desprecie o aún despreciaría a la empresa que les daba de comer, no puedo sentirme feliz ante semejante despojo.

Y es que hay que entender cosas muy simples: Primero que nada, la maniobra política. Y es que a pesar de que el sindicato de LyFC ha sido por demás voluble desde que "vio la luz", es innegable que en la presente década ha sido un elemento sindical beligerante y contestatario frente a los gobiernos panistas que nos han "dirigido" desde el 2000.

Y, segundo, es innegable que el panismo federalizado ha buscado -por cielo, mar y tierra- una manera de regolpear (y digo "re" porque suficiente se ha golpeado a sí mismo) al gobierno "izquierdista" de Marcelo Ebrard. Incapaces de nulificar a la ciudad por la vía presupuestal, todo parece indicar que los brillantísimos panistas contemporáneos han optado por generar 300,000 paupérrimos más (a través de esos 60,000 despidos), con el afán de delinear un clima de caos y confrontación que -por la vía de su siempre bien entretejida estrategia de medios (y esto lo digo con mucho conocimiento de causa)- pretenden "zarandear" y cosechar: Todo en la forma de la indignación popular que generan las satanizadas marchas y todos esos "ladrones" que "pretenden cobrar 1500 pesos a cada familia", según los últimos espots que el gobierno federal sigue pautando frenéticamente para justificar la desaparición de LyFC.

Un eunuco como yo no puede sino situarse en el justo y comodino medio de toda esta estratagema Macartista. Pero por más que lo hago, y por más que recuerdo las arbitrariedades de las que fui víctima gracias a esa pinche empresucha protopriísta, no me queda otra postura que la de sentirme aterrado ante el panorama palpable: No habrá marcha atrás whatsoever. LyFC nunca más operará el suministro de la pseudociudad más grande del mundo. Y sin embargo, difícilmente esto significará una mejora en el servicio que los usuarios finales recibimos.

¿Por qué lo digo? Muy sencillo: Hasta la noche de hoy, mi edificio estuvo en penumbras durante siete días. Aunque no "en penumbras" propiamente. Déjenme explicarles: La corriente que brota del cableado subterráneo que cuadricula el centro histórico del Distrito Federal, es muy diferente a todas las demás. Aquí no hay postes ni cables colgantes a todo lo largo de las calles. Acá la luz llega desde debajo de la tierra y -en teoría- es trifásica. Esto quiere decir que tres gordos cables alimentan cada local y cada casa y cada edificio de la zona. Y cada cual alimenta una serie de viviendas, comercios o complejos luminosos, según sea el caso.

Bueno, pues resulta que hace una semana se quemó (o tal parece) un par de cables que alimentaba mi edificio. Por ende, dos terceras partes de los departamentos quedaron en penumbras, sin contar con que la bomba de agua se quedó igualmente jodida por lo mismo. Las quejas brotaron y brotaron desde el primer minuto (tengo vecinos que repelan, gracias a dios). Y pasaron siete días y dos docenas de quejas para que la nueva y renovada cuadrilla de operaciones de la súper CFE pudiera descifrar -y resolver- el susodicho problema.

Todo esto no tiene otro propósito que el de denunciar la estupidez operativa de nuestro puñetero gobierno: Y es que quizás a mí no me habría importunado mayormente un recambio radical de LyFC, hecho por las razones correctas, y operado con la sensatez necesaria. Pero vaya que me emputa que un presidentito enclenque se tome la libertad de disolver a la empresa que se encarga de suministrar la luz de 30 millones de personas sin otra previsión operativa que la de montar un "call center" tan ineficiente y ridículo como la propia empresa que le dio la gana disolver. Y es que es sintomático...

Es esa clara y precisa falta de previsión y eficiencia la que nos tiene como nos tiene. Gobiernos estúpidos pasan y se suceden, uno sobre otro, y la culpa siempre la tiene -mediáticamente- el anterior. Y así ocurría, igualmente, con el PRI. Pues hay tantos PRIs como contextos globales. Y tantos delamadridistas como lopezportillistas los hubo en su momento. Siempre recargándose en la ineptitud del comandante anterior -de dientes pa'fuera- pero siempre abusando del ciudadano presente. Y -guess what?- siempre reeligiéndose con números insultantes. Y siempre evidenciando la falta de criterio de nuestra victimizada -y victimizante- ciudadanía.

Hoy llegó la luz y debería de estar feliz y contento. Y sí: de algún modo lo estoy. Pero no nací tan purasangre como para aguantar un antifaz y sí -yo sí puedo- al menos me jacto de poder ver más allá de mi propia nariz: Este decretito tiene destinatario, y el destinatario es la ciudad (nuclear y extendida), además de todos sus habitantes. Y más allá de lo que Marcelito Quebrard ha malhecho, tenemos también a Felipillo y sus huestes desesperadas por admiración, aunque sea sobrante.

Yo, que detesto con toda mi alma a LyFC, no puedo entregar mi admiración tan fácilmente. Pues quizás haya desaparecido una empresa vomitiva y deplorable de un plumazo, sí, pero lejos esto significa que la próxima será mejor.

Hoy llamé a su apreciable Call Center: Así, de entrada, les puedo decir que "el sistema" no sabía de una "colonia Juárez".

"Aquí están el monumento a Cuauhtémoc, a Colón, la Ciudadela y Bucareli. Incluida la Secretaría de Gobernación" -les respondí-
"A ver, deme su código postal, señor, por favor" -replicaron, muy modositos-
"06600" -dije, de memoria-
"No, señor. Ese código me aparece en la delegación Azcapotzalco, acá en el sistema..." -respondió la nueva empleada, confiando absolutamente en su "sistema"-

Sobra decir que al final (luego de media hora), encontraron la colonia en "el sistema". Y después de hora y media de palabritas y reclamos cortantes -mágicamente- volvió la luz luego de siete días. Dudo mucho que gracias a mi impertinencia. Pero dudo mucho -también- que gracias al infalible plan operativo que Felipillo y sus secuaces habían NO ideado antes de desplantarse a LyFC, sin tener ni puñetera idea de lo que estaban haciendo.

(Y vaya, pa terminar, un breve recordatorio: Este señor era el que vendía planeación y visión a largo plazo. Y de igual modo, ofrecía recortar impuestos en lugar de subirlos. Y aunque hoy se justifique, permanentemente, en la crisis global, yo sí me quito el sombrero frente a Joseph Stiglitz (premio nobel de Economía 2001), y puedo constatar que de estadista, este pinche enano no tiene nada. Y que de pendejos, sin ofender, todos los que votaron por este imbécil por puro miedo, lo tienen todo).

Y salud.

julio 22, 2009

Manifiesto desesperanzado.

En respuesta a una reflexión ajena


Este no es un mundo de espera. Es un planeta de esperanzas. Y las esperanzas son el arsenal más sutil de los poderosos. Aquí ya nadie quiere esperar. Todos quieren tener esperanzas nuevas a velocidades cada vez más inusitadas. O como bien reza el cliché: ______ a un click de distancia. (Llénese con palabras como: "amor", "salvación", "Jesús", "Seguridad", "Miguel Hidalgo limpia" o lo que se prefiera)

Y es más bien la esperanza que la espera, aunque concuerde en todo lo demás que plantea esta reflexión. Y es que hay que entender que eso que llama espera es más bien la infatuación -fatua desde su propia raíz etimológica- que la sociedad tiene ante la sistemática y estudiadísima promoción mediática de salvaciones desechables. Escapes para no pensar. Salidas silenciosas.

En palabras más pequeñas: Adoramos la esperanza porque desde tiempos inmemoriales ha sido el motor de coerción y coptación que los poderosos han utilizado para sosegar la discrepancia. Para acallar las rebeliones. O, en algún momento, para lograr ponernos de acuerdo y construir lo que llamamos "civilización".

Dios, el comunismo, la doctrina Monroe, Batman y hasta Robin: Todos adalides de los manufactores de la esperanza. Todos producto del hombre a la vez que generadores de humanidad (con su respectiva dosis de fantasía). Algunos más peligrosos que otros, tanto como fuesen las intenciones originales de sus creadores (o perpetuadores). Pero todos -TODOS- forjadores de esperanzas. Alguna vez grandes y longevas. Hoy mismo diminutas y efímeras.

Es en ese sentido en que la humanidad siempre ha caminado con la brújula de la esperanza en la imaginación. Y por humanidad no me refiero a los ostentores del poder, sino simplemente a los ciudadanos de a pie. Consumidores o creadores de sus propias fantasías. Usuarios de la esperanza a gran escala.

Pero no. Ya no somos más un mundo que sabe esperar. Sabemos esperanzarnos con lo desechable, que no es lo mismo. Y sabemos apenas, un poco más.

No somos ya esa humanidad embelesada con salvadores tanto como lo éramos hace 1000, 100 o incluso 10 años. Las grandes esperanzas sucumben -cada día más- a la tonada de la globalización y de lo virtual. Y por ello la democracia siente miedo. Y más cuando sus siervos recurren a la anulación de sus productos esperanzadores tercermundistas, y dejan sus boletas en blanco, o votan por todos y por nadie, o apuntan con bonita letra "Michael Jackson" en el espacio designado para que nadie lo use.

Y no está mal. Finalmente, la democracia fue construida como la única forma viable de homogeneizar lo heterogéneo y mantener los motores de la industria caminando, al mismo tiempo. Y aunque algunos dirán que esa forma de perpetuar el poder -aunque cambie de manos- es la única que tenemos para evitar la anarquía y la barbarie, la realidad es lo suficientemente necia para demostrarles que incluso ese propósito ha sido sobrepasado por la propia anarquía y barbarie que -al menos en México- ha significado este sistema en términos de desigualdad social, criminalidad y sin irse tan lejos, caos y corrupción generalizados.

Es así que comulgo absolutamente con quienes promueven la anulación como un llamado a dejar la espera y cuestionar las bases de la democracia tercermundista de nuestro México conformista. Siempre y cuando entiendan que su llamado tiene que desasociarse de cualquier connotación de "esperanza" y tomar las riendas de todo lo contrario: La acción. Dejar la espera no puede significar más espera. Dejar la esperanza, menos aún esperanza.

Y entender la acción como un fenómeno creativo, volitivo y contundente. No como un cliché de hacer ruido dentro del mismo auditorio de siempre, y con las reglas y los presentadores de costumbre. La acción como un propósito revolucionario contra la displiscencia y la "aceleración vertiginosa de las esperanzas" que supone la era digital, sobre todo en la mente de quienes nunca conocieron un mundo sin homo videns o una vida sin esperanzas autorrenovables con cada película de Harry Potter, primero, o con cada nuevo Harry Potter, después.

La esperanza, que no la religión, es el nuevo "opio del pueblo". Y se solidifica -irónicamente- en puros mundos de humo digital, abonados por los viejos granjeros de la sangre y el amarillismo que representan los grandes medios escritos y electrónicos de la humanidad. Es hora de acabar con ella.

Aun si al final del viaje, no tengamos la más mínima esperanza. Como la que yo NO tengo al escribir estas líneas -si pretendiera que alguien les hará el mínimo caso-.


Salud.

julio 08, 2009

Si yo fuese taxista...


Esta, con toda inseguridad, sería mi unidad...




Un fuerte brrrr a las dos de la tarde, en pleno "puente de la morena". Snif.

junio 22, 2009

Twitter: La pesadilla globalizada.

Hay gente tan tristemente atrapada en el consumismo, que su mundo interior es un Seven Eleven. Otros, que tienen un poco más de lana, pero son igual de tristes, llevan dentro un gran Wal-Mart. O un Bloomingdale's. La misma mierda, con muros más altos. Mejores anaqueles. Un espejismo, que otros llaman estilo de vida, y que es más cómodo y adecuado para la rota y egocéntrica imagen que tienen de sí mismos.

¿Cómo es que podemos pasar por la vida reparando únicamente en las cosas que consumimos? ¿Desde cuando el beber Coca-Cola tiene el derecho a definir lo que somos? ¿Cómo es posible que, utilizando las portentosas herramientas de comunicación que nos trajo el siglo XXI, lo único que sabemos decir es cuánto amamos consumir tal o cual cosa, o cuánto amamos a las propias herramientas?

Tengo cerca de un año utilizando el dichoso Twitter. En principio, me resultaba absurdo. Inútil. Absolutamente prescindible. Y aunque durante los primeros meses tenía en "mi red" sólo a gente que conocía en el "mundo real", usar la susodicha herramienta era más bien una excusa para el ocio. Un lugar para compartir con amigos "reales" cualesquier pendejada que estuviera haciendo en ese momento, o el chistorete espontáneo que acababa de surgir en alguna conversación que sí me estaba haciendo reír en la dimensión humana.

Por diversos azares me hallé añadiendo nuevos personajes. Y de entre toda la incontable paja que todavía hoy mantengo en mi "timeline", aparecieron -como siempre- algunas gemas. Individuos que no solamente malgastaban su día "chateando" en lo que termina siendo un gigantesco chat globalizado al que no entras y del que no sales. Esto último me quedó clarísimo cuando un muy apreciable conocido preguntó, en su primer día, que "cómo cerraba esta cosa". Ahí me descubrí diciéndole: "Tú tranquilo, esta madre no se cierra ni se abre...nadie sabe si estás o no estás realmente ahí..."

Con todas las implicaciones que esto último tiene en la supuesta herramienta de comunicación que resulta bien-o-mal ser Twitter, hoy me descubro asustado de lo terriblemente real que este hecho resulta. Twitter no es un chat porque su chat-room es el mundo tecnificado. Y los Twitters no son chateros porque nadie tiene una lista de nombres avisándole si están ahí, si medio están, si están "nomás milando" o si se acaban de morir atropellados por un autobús. Exactamente igual de terrorífico e impredecible que el mundo "real", sólo que en voz alta.

Es así que Twitter resulta una gran humareda. Miles -o probablemente millones, ya para estas fechas- de "personas" virtuales soportadas -casi todas- por personas "físicas" (y no en el argot tributario, sino en el literario). De entre todas ellas, uno mismo. Uno y su creciente o decreciente lista de followers. Muchos, tristemente, pensando en voz alta la mayoría del tiempo:

- Tengo hambre
- Él debería de llamarme
- Eso también.

No es que sea yo quién para decirlo o que el "mundo" (de Twitter) esté para escucharlo pero hacer públicas tus pulsiones vitales, sin otra intención que la de otorgarle validación a tus pensamientos a través de su exhibición pública, es absolutamente pendejo y prescindible. Y es, además, sintomático de lo que ocurre al mundo en la última década: La posibilidad que nos otorgan las nuevas herramientas de comunicación para ser "escuchados" (o entendidos, o leídos, etc.) no es un bien en sí misma. Esto se hace aún más evidente en las mal llamadas "redes sociales" y en los inacabables gadgets que se idean y producen todos los días, para estar cada vez más cerca de ellas. Aún cuando -ilusoriamente- nos hagan sentir más cerca de "nuestra gente", cuando la geografía no lo hace propicio.

Lo único que ha hecho patente este novedoso poder de lanzar oraciones al poblado viento de la información, es que son muy pocas las personas que tienen "algo" que decir. Y no me atrevo a asegurar que cada vez sean menos, porque -quizás- lo único cierto es que la posibilidad de saber lo que la gente dice sólo hace evidente una realidad que por siglos había permanecido silenciada por la inaccesibilidad de los medios de comunicación, y que es algo muy simple: La gente es pendeja. Hoy simplemente es pendeja Y ruidosa. Y su ruido se entreteje vertiginosamente hasta convertirse en vanguardia. Y entonces, le ponemos Twitter al niño. Santo remedio.

No me detendré demasiado en enumerar la cantidad de vaguedades que se dicen a diario en Twitter. Los estereotipos son pocos, sin embargo, y como parte del medio me tengo que colocar en alguno de ellos, para no pecar de "larger than life" (aunque con mi panza bien podría). Digamos, a grandes rasgos, que los tuiteros se resumen en las siguientes categorías:

  • El hermenauta (que no hermeneuta) de la pendejez: Dícese del grupo más grande de Twitter. Ellos dedican el 90% de sus aportaciones al "pensamiento básico en voz alta". El hambre parece ser tan cruenta en este casillero, que uno podría creer que viven en Ruanda, si no fuera porque tienen computadoras y luego "bajan al OXXO" a saciarla.

  • El "Compro, luego soy": En este lugar encontramos a un gran número de chavitos bien adoctrinados por la publicidad, y que gran parte de lo que comparten es su amor por el innumerable cúmulo de productos y servicios que facilitan su existencia. Cocacolas, cervezas, perfumes, grupos de rock, gadgets re-innovadores y escuelitas que pretenden ser universidades son sus temas favoritos.

  • El "Mi relación tortuosa es TU relación tortuosa": Aquí encontramos a un gran grupo de seres que, incapacitados para actuar o tomar decisiones en sus relaciones interpersonales, se dedican a publicar sus dudas, satisfacciones y desagrados emocionales, sexuales o familiares con el resto del mundo. Entre sus miembros se cuentan muchos gays de clóset, bisexuales necesitados del show-off y heterosexuales altamente frustrados. De cuando en cuando son divertidos.

  • El "Computín rabioso": Acá fácilmente ubicamos a muchos de los primeros usuarios asiduos de Twitter. Aunque mucha de su comunicación gira en torno a plataformas computacionales que ni su puta madre entiende, de repente se vuelven humanos y -a veces- hasta resultan agradables.

  • El "one-hit-twitter": Grupo por demás copioso en el que hallamos a mucha gente que no entendió un pito de cómo usar el twitter o simplemente le pareció inútil porque no supo añadir a sus amigos. También aquí aplican todas las cuentas "temporales" que generan los políticos, los "famosos" y los restauranteros de tlalpan que fueron estafados por el siguiente grupo.

  • El "Experto en Social Media": Este muy particular grupo de engendros está conformado por seres cuya vida real suele ser bastante pusilánime. En retorno, su vida virtual es copiosa y excitante. Su conocimiento -casi siempre- apenas mayor a la media de Twitter y otras herramientas virtuales los lanzó en una búsqueda frenética de identidad. De ahí que ejercen como "gurús" para muchos, a pesar de que el 98.5% de todo lo que "tuitean" está, absurdamente, relacionado con Twitter o cualquier otra "curiosidad" virtual. Son particularmente patéticos pero -en algunos casos- logran convencer a muchos incautos de que saben "algo" acerca de lo que sea.

  • El "Nihilista codependiente virtual": En este heterogéneo grupo se encuentran los contados personajes que no dependen pero sí dependen del medio para lanzar su mensaje. En su favor podemos decir que TIENEN un mensaje y que el mensaje en cuestión no siempre redunda en el medio, la coca-cola o su vasto conocimiento sobre nada. Son capaces de mostrar distintas caras según su estado de ánimo, lo que los hace menos robóticos y lineales que el resto, aunque de pronto abusen del medio y terminen exhibiendo cosas que ni sus mamás hubieran querido saber. Su principal valor es que, sin dejarlo, de cuando en cuando saben despotricar del medio. Y que, cuando quieren, pueden ser todos los anteriores sin dejar de ser ellos mismos.


No hace falta que diga en cuál de los estereotipos me ubico a mí mismo. Y no hace falta tampoco decir que el resto de los usuarios de Twitter, son simples "bots" programados para venderte al partido verde, las chichis de Britney Spears, algún tipo de noticia inútil o todas las anteriores.

Tampoco profundizaré sobre lo absurdo que me resulta notar cómo tanta gente deja de ser gente si no la conforman sus consumos. Desde el ejercicio frenético hasta la Coca-Cola que llueve clichosísimamente (sic) sobre sus bocas abiertas. Desde su profundo sentido de la bisexualidad, entendida como una moda que hay que exhibir torpemente, hasta su profundo amor por McLuhan y el medio (Twitter) que se superpone al mensaje (Propio).

Alguien debería decirles a todos ellos que la Cocacola es rica y nada más. Y que ser bisexual está chido si no necesitas que nadie lo valide. Y que el medio no es el mensaje. Es meramente el masaje. Cuyo final feliz -o infeliz- pones tú mismo. Si puedes.

Y ya. Snif.

junio 10, 2009

La futilidad de lo aleatorio.

De alguna manera, probablemente aleatoria y biológica, el ser humano se convirtió en una entidad regida por el lenguaje. De eso, hace mucho tiempo. Pero son tantas y tantas las generaciones que han sido engendradas bajo el poder de otorgar nombres, que ya ni sabemos cuántas deberíamos nombrar. Primera ironía: El poder de nombrar lo infinito, y sin embargo, persistir en las ganas de enumerarle.

Nos empecinamos en nombrar, y luego lo llamamos naturaleza humana. Nacidos sabiéndolo, crecemos entusiasmados con fantasías que no tienen perímetro ni posibilidad. Dios, para algunos. Santa Clós, para otros. Horóscopos y Zodiacos acompañan nuestro tránsito hacia la edad adulta. O a veces, incluso, la ciencia. Todos nombres para explicar otro nombre, aún más absurdo que sí mismo: La realidad de lo aleatorio. La aleatoriedad. The randomness. Or the futility of its very thought.

Evidentemente resulta frustrante aceptar que no hay una explicación para nada de lo que nos rodea. Siempre es mejor poder acudir a nuestros porqués de temporada. Es que es el clima, es que es que soy Tauro. Es que Darwin nos hizo capaces de abstraer y nombrar: Ni madres. No sirve para nada. Somos la especie intergaláctica de hormiga rabiosa que vino con la misión avanzada de nombrarlo todo. O no. O quizás, no somos nada. ¿No será eso precisamente lo que nos aterra?

Nadie, sino el ser humano, tiene mayor injerencia o responsabilidad en la explosión demográfica que nos ha llevado a nacer en donde nacimos. Somos tantos y queremos ser tanto mucho, que por ello nos aterra equivaler lo mismo que cero. Pero no hay problema: para eso está la realidad sociopolítica. La necesidad de trabajar. La naturaleza olvidadiza de los pueblos y las sociedades. Basta echarse un clavado en cualesquiera de ellas, para desvanecerse en una multitud amorfa que algunos llaman solemnemente "historia": Y está bien. O mejor dicho: Es necesario.

El problema -mi querido Watson- es que una vez que has atisbado el otro lado del camino, no existe retorno posible. Si eres esclavo de tu propia angustia existencial -y nada parece calmarla- tú sólo cálmate: Nada la podrá calmar (sic).

Como un libro malhecho de Carlos Castaneda, yacemos multitudinariamente en la misma certeza: No existe cura para la ansiedad de poner nombre a las cosas. No hay manera de librarse de la tarea de querer librarse de la tarea. El lenguaje es un laberinto circular cuyo rumbo y salida está sólo en sí mismo.

Desnudos, absortos, ciertos de que no seremos supermán, Mozart o ningún otro estereotipo que alivie nuestra ansiedad egóica, transitamos como zombies sobre la vereda de los tibios. Y salimos a trabajar, con la neurosis bien puesta, y el afán de que mañana

y sólo mañana (aunque tal vez pasado)

quizás o perhaps, o precisamente puede ser que mañana

es el día que esperamos eso mismo...

pero -claro- sin esperar nada.


Salud.

junio 07, 2009

Ciudad sorpresa.

Esta fue una de esas noches en las que te encuentras a ti mismo mientras hablas. No es cuestión de la charla o el aderezo omnibulante que le otorgan el alcohol o los recovecos de adjetivos: Hablo de cuando realmente te hallas construyendo posturas (intelectuales, no vayan a pensar) que antes -a pesar de ser tuyas- te eran desconocidas o simplemente inconexas. Conforme las palabras salen de tu boca, tú te escuchas a ti mismo pensando ordenadamente. Y luego asumes tus propias reflexiones, y sí -quizás- te sorprendes de lo simples y atinadas/subyacentes que te resultan, toda vez que ya las has emitido.

Para que ello ocurra -claro está- es necesario que el interlocutor te adjudique todos esos adjetivos. Cuando eres sólo tú el que los impone, probablemente estaríamos hablando de una peda ególatra como tantas, o de un brote de autoaceptación súbita y propiciada por ciertas drogas, o -simplemente- por una muy buena semana (en general).

Sin embargo, no todos los días uno repara en explicar lo que supone que es la historia de "México", desde la conquista hasta la globalización, y con tan poquitas palabras. Y cuando el interlocutor es un cuasiturista absolutamente atento a tus debrayes estructurados, uno suele poner especial empeño en mantener el nivel de asertividad (sí, con "S") lo más alto posible.

Y es que resulta extraño reflexionar -públicamente- acerca de un país tan surreal como este (mío y de quién sabe cuántos más). Y resulta -también- demasiado fácil recurrir a las etiquetas, y dejarlo todo en una aproximación -tipo bosquejo facilista de Miró- a todo aquello que conforma la razón por la cual los mexicanos somos tan absurdos, inexplicables y -a su vez- atractivos para los espectadores ajenos a nuestra idiosincrasia. Claro que se puede decir que somos un pueblo multicultural y por ello complicado. O que nuestra mezcla demográfica es la causa y el efecto de esa total destornilladería cultural que nos hace tan absurdos. Pero no es así.

México es un acto de fe dibujado sobre sí mismo: Un malabarista bailando en la cuerda floja que une dos acantilados que separan -a su vez- un par de ecosistemas totalmente antagónicos, para colmo. O más fácil, si se quiere: Un abanico-cliché de contrastes y diferencias que añoran -rabiosamente- ser descritos. O mejor aún: una narrativa que cuenta eso mismo: la añoranza de la descripción, la necesidad de nombre, la explicación de un Octavio Paz que ironizaba sobre sí mismo, mientras ironizaba sobre todos los demás. Ese país en búsqueda perpetua de mejores nombres (y que no de mejores hombres), pero que alcanzó siempre -de una u otra manera- sus oscuros y necesarios objetivos que nunca tuvieron rumbo. México: Siempre fiel. "México": Siempre lleno de "méxicos". Ilegible pero inspirador.

En este contexto en el que lo multicultural resulta prodigioso, yo me atrevo a decir que en el caso de mi México es precisamente lo contrario: Ha sido -precisamente- esa diversidad de razas, pueblos, destinos manifiestos y supuestos poderes la que nos ha llevado a ser conquistados por un prodigioso pescador de ríos revueltos (alas, señor don Cortés), y luego por todos los demás.

Y fue (y es) esa persistente disonancia -muy remunerable- la que esos mismos pescadores subsecuentes, desde don Cura Hidalgo hasta don Fecal, han sabido convertir en un mito harto provechoso: El mito de México. El mito de los mexicanos y nuestra surrealidad seductora. El caparazón que sobrevuela nuestra primigenia versión de la Cenicienta latinoamericana: El lugar en el que no hacen falta revueltas, ni muertos, ni extraviados para "sentir" el "progreso".

Que no se me malentienda: Como ya lo he dicho muchas veces, encuentro adorable -e incluso adictivo- el hecho de vivir y "montarme en los lomos" de una ciudad como el D.F. Recurriendo una vez más a la eterna analogía, asumo que ser chilango y estar enamorado de la Ciudad de México equivale a engancharse con la mujer más complicada que has podido -medio- saciar en toda tu -insulsa- vida. Todas las otras entelequias de mujer/ciudad/camino resultan entonces sumamente predecibles. O quedan chicas. O terminan siendo tan domésticas como tu "street wisdom" (sabiduría callejera) te lo impone.

Y, sin embargo, asumir semejante grado de chilanguedad (o chilanguez, o chilangonería, o chilanguismo -who knows-) supone muchas y muy profundas facturas:

Esa consecuencia es -curiosamente- casi esotérica: Descifrar esta ciudad implica nunca volver a encontrar un "camino a casa". El dichoso ejemplo de "casa" termina siendo siempre otra cosa: Muchas veces es sólo la ansiedad de permanecer buscando -casi perdido- mientras esperas imberbe eso que, se supone, es la "nueva cara" de la misma casa. Es este un laberinto metamórfico infestado de seres que desean profundamente tener nombre. Nombre y -además- que sea propio: Significado, destino, apellido y -si se puede (¿por qué no?)- también un final predestinadamente feliz.

¿Cómo no amar semejante incertidumbre-bien-delimitada? ¿Cómo anclarse a cualquier otra megalópolis prolija del primer mundo, cuando queda claro que el "bien vivir" anula siempre los contrastes?

Multiculturalmente loca. Racista y clasista como pocas. Inacabada tanto como inacabable: No puedo dejar de no-amarla (cosa que no es, ni de lejos, igual a odiarla).

Abrázame, hoguera. Incinérame, PINCHE laberinto.

Que mi desprecio exacerbado a toda adhesión política-pendeja que casi siempre te habita, nunca me haga abandonarte. Y que mi deseo neurótico de normalidad, no lo haga tampoco.


O al menos no del todo.


O cuando menos no siempre.




Salud.

abril 30, 2009

Epicentros II: La ciudad amordazada

One FLU over the cuckoo's nest: Atrapados sin salida.

Mi ciudad de tibios tiene la boca tapada. Mi país de ambivalentes está paralizado por la maquinaria de la mordaza. Atado por un miedo racional, aunque inexplicable. Un terror estúpido a morirse en el tintero. (Y es que, si gran parte de tu vida todavía no se consuma ¿qué tanto puedes perder?)

Mi país de automedicados, mi colonia de vendedores ambulantes y taqueros líricos. Mi calle de edificios plagados de cicatrices: Todos juegan, atentamente, la misma sinfonía de terror y de resguardo.

El tapabocas -finalmente- se ha materializado. Lo que 500 años de sumisión habían concebido como una realidad puramente metafórica, hoy es perplejo pedazo de tela azul (placebo) que se acomoda y estira sobre las bocas de millones de nosotros: La eterna mordaza, la sonrisa tras escondrijos, el gesto velado y la hipocresía de la máscara epidemiológica.

Tímidos espectadores del "enciende la peste/apaga la peste", los chilangos guardamos un ramadán cibernético, una vida cuasifuturista detrás de la pantalla, enganchados como nunca al internet o la caja idiota, que con los ratings por los cielos nos sigue alimentando con la papilla estupidizante del terror y el amarillismo. Y nosotros, temerosos de morir sin haberlo vivido todo, nos quedamos quietecitos: atentos únicamente a lo racional, y acordándonos de nuestro cuerpo cada que hace hambre, o hay que desechar lo ingerido.

He salido a la calle unas cuantas veces desde que este cataclismo abstracto estalló en locación aún indeterminada. Nuestra ciudad, súbitamente ordenada y obediente, transita montada en un estupor surrealista, sin ambulantes y sin gritos, sobre una armónica carretera de especulaciones e histeria muda. Los amigos se sugestionan y cada ardorcillo en la garganta es una señal de alerta o un momento de contemplación y duda: ¿Me estaré muriendo? ¿De verdad seré yo el elegido por esta peste informática? ¿Viviré para contarlo?

Me pregunto si la guerra del golfo o el 9/11 provocaron situaciones similares. Me pregunto si la "doctrina del shock" de la imponente Naomi Klein es una hipótesis plausible para explicar esta metamorfósis súbita de la geografía urbana. Me pregunto si valdrá la pena engancharse al cateter informativo y continuar en un encierro que cada hora se vuelve más tedioso.

El mezcal sigue casi intacto sobre la mesa del comedor. Carstens habla en la televisión sobre la gripe porcina y jura no haber tenido nada que ver con la recombinación genética del virus (ni él ni su esposa, la pájara Peggy, tienen tos alguna). Nuestro secretario de salud, connotado médico de provida, todavía no ha sugerido que nos abstengamos de respirar para no contagiarnos del virus. Y Calderón, jocoso como siempre, nos sugiere comer puerco para expiar a la industria del marrano volador (Carstens on a jetpack).

Cuando Philip K. Dick imaginaba escenarios aPORCAlípticos, hace ya unas cuantas décadas, no contaba con el elemento surrealista del híbrido chilango. Un imaginario frankensteiniano, como el propio virus, y en el que el encierro ha puesto énfasis y acento en esa deliciosa y epidémica locura de vivir...en la Ciudad de la Fluria.

Seguir esperando, pues.

Salud.

abril 27, 2009

Epicentros.

Por si la epidemia de influenza no fuese suficiente, el dios cristiano decidió recordar a sus feligreses chilangos -y de paso a sus detractores también- su infinita lección de amor y piedad, propinándole a la ciudad un terremoto de 6.0 grados Richter (5.7 según los instrumentos mexicanos, que en últimas fechas tienden a maquillar cifras -paradójicamente- a la baja).

Obligados por la necesidad -y la necedad- muchos tuvimos que salir a la calle. en manojos multitudinarios escasamente recomendables por la OMS, para escapar del pánico telúrico y luego -inmediatamente- acceder al epidemiológico.

Somos el epicentro del apocalípsis. El corazón del mal. El ojo del huracán que se llevará el mundo. La raíz del bien bautizado por Renato, Aporcalípsis.

El que nace y crece en esta ciudad siente que cabalga en el lomo de los cancerberos del infierno. Acostumbrado al terremoto, a la tragedia, a los contrastes, hoy el habitante de este limbo polimorfo está preocupado. Y por justa razón.

Sin embargo, no todo es oscuridad o incertidumbre. El terror de morir suele hacer a la gente resignificar su experiencia de vida. Valorar fugazmente, con una puntualidad cinematográfica digna de su propio cliché, lo importante que es vivir y gozar de la vida. Un hedonismo-golpe-de-realidad que sólo sobreviene cuando el mundo se está derrumbando. (Y es que, cuando lo piensa más de dos veces, resulta un tanto patético temerle la muerte cuando la vida no te satisface).

Es así que la epidemia no sólo ha desatado la tranquilidad en las calles, el silencio en las tardes, la hueva como un opiáceo favorecido por el gobierno, aterrado de su propia negligencia, sino que también la gente se toma más de 2 pensamientos al día, y en ocasiones se declara el amor, la amistad o la simpatía con la menor provocación.

Como en un cuento de Boris Vian, en el que la ciudad está cubierta de niebla y limo, y todos -ciegos como en otra historia posterior de Saramago- vencen su miedo a no verse y comienzan a tocarse, la ciudad está afinada en otra nota. Salir a la calle es una aventura. Ir al supermercado es una experiencia extrema. Besar a tu mujer, cuando llega del trabajo, es un acto de riesgo mortal pero con un sentido implacable. Imposible no hacerlo, más cuando el mundo se tambalea en su tripié de entelequias progresistas, líderes tuertos y futurismos esperanzados por la propaganda.

Coquetear en la caja registradora es un acto doblemente clandestino y canibalístico, y por eso, imagino, la chica del supermercado, como el resto de la ciudad, parecen algo desatados por compartir más de un par de miradas de desprecio con sus semejantes. La gente quiere hablar. La gente se habla, se cuenta cosas y se solidariza. Extraño de ver. Más extraño aún, de vivir. Una especie de Amelie meets 28 days later que no me había tocado ver en la edad adulta, pero que recuerdo de 1985, a pesar de que los terremotos ocurren en minutos y las epidemias tienen este elemento de suspense tan desagradable.

Y así, empujados al pánico por una recombinación genética que sólo podría haber empezado en un sitio tan desorganizado -y libre- como es el México profundo, navegamos a la deriva en espera de las cifras correctas, las muertes finales, la hora de salir a la calle.

Ojalá que alguien tenga una gran idea y -cuando todo esto acabe, si acaba bien- se organice una gran fiesta. Que se honren a los que mueran -o muramos, si nos toca- y que celebren los supervivientes. Y cuando pase el bailongo y se curen todos la cruda, ojalá que los mexicanos se tomen esos mismos dos pensamientos para indagar en los porqués y en los cómos. Y que los negligentes se vayan. Y que los que esconden las escasas 3 millones de dosis de antivirales disponibles en el país, paguen lo que deben. Claro, todo ello después de la fiesta, como en un cuadro de Shakespeare en el que nadie se espere el final.

Será curioso ver a la gente volver a su habitual pudor o a su habitual desprecio juicioso. O quizás, aún mejor, verla no volver. Verla caminar por otra vía y, en el universo del esperanzado,
cambiarle el rostro a este país de máscaras y cicatrices, tan hermoso y también, tan en peligro.


Salud, esta vez con más sentido que nunca.

marzo 21, 2009

Es cara musa. (Disculpa en siete tiempos)

"...the time to hesitate is through. No time to wallow in the mire..."
"Light my fire", The Doors.


I.

Suponer musas implica suponer inspiración. Suponer inspiración necesariamente implica suponer creación, creatividad o arte -quizás incipiente o quizás genuino y oriundo de los fondos más intestinales del alma- pero supone, desde donde se le mire, algún resultado de semejante "musografía". Suponer esa relación biunívoca (y muchas veces también equívoca) implica la posibilidad de un retrato: la musa multicolor que se adjudica ese carácter inspirador, y el retratista -(a)normalmente perturbado- que se atreve a trazar el pedestal y el caballete. El lienzo y el pincel, siempre limitado por sus propios demonios, pero que ineludiblemente dibuja -siempre a posteriori y en franca y subjetiva interpretación- aquello que mira con unos ojos que toma prestados de las deidades y los arquetipos que gobiernan el mundo de las ideas. Así se pintan, al parecer, los óleos del tiempo presente. Y sin embargo, suponer que alguien pinta es suponer que dice algo. Y tanto peca quien dibuja el mar como quien se asume tan grande como el mar mismo. Y pecar, en mi mundo de entelequias ineludibles, es lo que le otorga sabor a la vida. Y más aún si uno peca de querer concebir el mar en ciertos ojos (o ciertas musas). O quien peca de mirar el mar en alguien. O quien peca de retratar el mar en cualquier fotograma (y si no me creen, pregúntenle a Palomar (Italo Calvino, 1984).

II.
Resulta caro arrejuntarse con semejante dialéctica. Siempre hay facturas inesperadas, cobros indebidos, quejas sin fundamento. Y es que mientras el retratista dibuja, la musa se deconstruye en cada trazo. Pedazo a pedazo la musa transita desde la utopía hasta el lienzo. Y en ocasiones el lienzo no es lo suficientemente grande, o lo suficientemente fuerte o lo suficientemente lienzo para soportar el tamaño de semejantes ideas. Y en otras, las más, es el pintor el que carece de colores y de palabras. O simplemente transcurre al mismo tiempo en el que dibuja a la musa que, mientras es dibujada, se despoja de su cascarón idílico, cacho a cacho, y entonces, al momento de trazar las últimas pinceladas, la musa no lo es más, y bajo esa piel de torbellinos aparece un esqueleto tan frágil como las propias suposiciones primigenias del autor. Y entonces, aturdido por la cualidad humana de su diosa, el pintor se descalabra en el camino, y acaba por ser más leal al lienzo, o al pincel, o a sus propios ojos, que a la musa misma. Débil, pusilánime y trastocado, se enamora de sus propias figuras en lugar de atesorar el poder de aquello que fue capaz de originarlas. Condición terriblemente humana: Uno suele amar más al amor mismo, que al objeto filosófico que lo provoca.

III.
Me ha pasado ya en varias ocasiones: Hallarme entusiasmadísimo con una fantasía que recubre la piel de una mujer de carne y hueso. Sabiendo de antemano que si no se come uno la carne, como dirían las abuelitas, no hay postre. Y entonces deconstruyendo a la musa en pedacitos de palabras. Haciéndola en frases inesperadas. Recreándola en oraciones que podrían hacerla tiritar un momentito. Atesorando esa capacidad de hacer temblar cualquier cosa. Y luego, muchas veces sin siquiera llegar al entremés, viendo a la musa partir forever and ever. Luego de alguna confesión impostergable. O tras un par de apariciones del demonio cavernícola. O incluso luego de una "confrontación" "pseudorealista" con esa "pseudorealidad" que todos -siempre- suponemos. (¿Y qué no "realidad" es siempre un término subjetivizado hasta el hartazgo?).

IV.
Solía culpar a la musa, hace -lo que parece- mucho tiempo. Pensaba que la musa no era tal, y que tras verla en plena desnudez emocional -o cagando a las 6 de la mañana- perdía todo su encanto, y entonces, finalmente, no era tan musa como yo creía. Luego, ejercitando una autocrítica que muchos creen imposible en mí, salté hacia el otro lado. Culpé al pintor, o sea a mí, y lo culpé porque es muy fácil saberse insoportable y tóxico, siempre y cuando uno se esmere en serlo. Deduje que toda esa desacralización de mis musas era culpa mía y solo mía. Me supuse un "desmusificador" -valga el terminajo- capaz de convertir en carbón podrido al más extático diamante de su majestad la reina de Inglaterra. Un Rey Midas travestido e invertido. Un sátiro capaz de convertir en mierda el oro, o la poesía en canciones frenéticas de alguna banda sinaloense de medio pelo. Y persistí, abrazado a esa firme y egocéntrica idea, hasta que caí en cuenta de que semejante poder le es ajeno a cualquier hombre. Y que yo, por muy superlativo que quisiera sentirme respecto a cualquier cosa, soy realmente eso: un hombre que es un homínido que es un primate sobre-evolucionado y diosificado pendejamente a partir de palabras e intestinos. Un ser tan equívoco y vulnerable como cualquier otro. Un edificio malhecho de palabras e historias e histerias, y sonidos guturales y gases -nada nobles- que brotan cuando por la tarde me tomo la libertad de ingerir camarones crudos sin estar igualmente crudo y despedazado por mi estilo de vida. Un pinche humano (demasiado humano, snifzschie) incapaz de romper una coraza cualquiera. Ni siquiera de albanene, salvo cuando la coraza no es tal, o cuando su contenido es menos alba y más nene. Capaz de derribar murallas cuando las murallas son un juego. Y un juego es siempre de dos (o más).

V.
Me pregunto si entonces debiera realmente disculparme con mi pasado para poder -verdaderamente- abrazar ese futuro menos "odiante" al que pretendo perseguir. Me cuestiono la validez de disculparme por ser el "yo mismo" que he sido antes, con el puro afán de satisfacer un reclamo -probablemente válido- de alguien que ha sido afectado por las mismas (malibuenas) decisiones que me llevan a teclear esto mismo que estoy tecleando ahorita. O lo que escribí hace una semana, movido por la certeza de que la vida se termina casi siempre abruptamente y que es mejor estar preparado para sentirse un dos por ciento menos insatisfecho a no hacer nada en lo absoluto. Ahora, cuando estoy consciente de que debo desterrar cualquier odio a sabiendas de que es una inversión estúpida y que casi siempre acaba en los terrenos de la cartera vencida. Ahora, cuando sé que probablemente amé todo aquello que (digo que) odio y que perseverar sobre esa fantasía es tan absurdo como tejer sombreros para los lápices y las plumas. Estúpido, irrelevante, tan inútil como amar el amor y las propias ideas, en lugar de amar a las personas y sus siempre impredecibles maneras de torcer el destino, para "bien"(mal) o para "mal"(bien).

VI.
Es así que entonces accedo y lo digo a pulmón abierto (si no es que lo dije antes y muchas veces, porque finalmente sé que soy un animal de perdones, perdonzotes y perdoncitos): Lo siento. Quienquiera que sea el remitente. Quienquiera que sea el próximo afectado. Quienquiera que termine siendo la próxima persona al la que "insulte, ponga "apodos" y confronte con la que -según yo- sea su "realidad". Lo siento y de verdad, lo siento muchísimo. Siento y resiento todo aquello que pueda haber calado en su cualidad de musa, primero, y de persona, segundo pero importantísimo. Me reconozco visceral e impertinente. Y reconozco, también, que casi nunca suelo arrepentirme de la lógica impertinencia que represento al (tratar de) ser yo mismo. Normalmente, mi cruda moral ocurre cuando permanezo autista y me pierdo de la fiesta (en lugar de arruinarla). Pero hoy, a sabiendas de que ciertamente he contribuido a hacer mierda algunos minutos de ciertas "musas", me arrepiento por ello. Y pido un gran y verdadero perdón.

VII.
Pero que quede claro: No pido perdón por haber retratado o bebido de ningún arroyo de fantasías sempiternas y pendejas. No pido perdón por ser yo mismo salvo cuando eso haya limitado el "ser yo mismo" de otros. No pido perdón por retratar, mal o bien, cosa alguna. Ni pido perdón por los arrebatos o las impertinencias per se. No puedo renegar de mis vísceras ni de mis entrañas. No puedo ahogarme en la noción de que "debí haber sido prudente" cuando no lo fui. Pido perdón a la musa y a la cara -carísima- factura que le significó serlo. Pido perdón a su piel y a sus tripas. Pido perdón a sus ojos -probablemente tan bellos como el musismo lo requiere- por no haber pintádola bien, en primera, o por haberle arrebatado demasiada belleza platónica, en segunda. Pido perdón por cualquier ridículo que no haya sido el mío. Pido perdón por no entender, en determinado momento, que no todos viven en mi propio timing y por creer estúpidamente que lo hacían. Pido perdón por los besos dados o no dados, a tiempo o a destiempo. Y pido perdón por lo que venga. Pues ya sé que aunque hoy me quedan claras muchas cosas, también estoy conciente de que asumir avances implica recibir nuevos riesgos. Y que por eso el último amor y la última musa (o ambos, cuando aplica), es siempre el más difícil. El más desgastante. El más tremebundo.

Porque, como diría Vito Corleone o los mismísimos Sopranos, "Once when I thought I was out, they pulled me back in".




Y seguramente, muy a pesar de mí, volveré a equivocarme. Y perdón por eso, también.


Salud.

marzo 10, 2009

Reminder

Sobre el último hálito de mi padre extinto, creí jurar.

Pensaba entonces, bajo las pestañas de un casi niño de 20 años, cómo es que odiar cualquier cosa no tiene mayor sentido.

Juraba, sobre el cuerpo yermo de un padre agonizante -el mío- que no malgastaría otro minuto odiando cual si hubiera una oportunidad de repetirlo todo.


Sobra decir que mis promesas se esfumaron tan pronto como la memoria. Volví a odiar -sí- y volví también a jurar sobre otros cuerpos igualmente yermos.

Me confieso estúpido y repetitivo. Memorioso pero igualmente falaz.


No sé a dónde me llevará la vida. Rectifico: Sí sé. Terminaré muriendo. Yermo o súbito. Tácito o cínico. Muerto, al fin y al cabo.

Hay días que imagino cómo será el último aliento. Hay días, también, en que no me doy tiempo.

Acontezco. Luego la memoria me asalta.

Recuerdo que es fútil odiar, tomarse en serio, respirar.


Hay tantos perdones que quisiera pedir.


Y tantos otros que ya no me acuerdo...


Prosigamos, pues: Ya sabemos que morir es lo único cierto.

febrero 13, 2009

I've got a bike (you can ride it, if you like...)

No me tiemblan las piernas cuando asumo mi condición de ciudadano de la mediocridad. No me aterra perder partidos de futbol. No me emputa corroborar que mi madre es puta: Mejor aún. Wish she's having a great time at it.

"Ignorance is bliss, indeed. For i've known it all, yet scarcely loved few."

Hoy me trepé a una bicicleta out of the blue. Y por "out of the blue" quiero decir que me trepé a la bicicleta sin ningún plan preconcebido de dar vueltas en el parque. Simplemente ansiaba fumar, y no había cigarrillos en el lugar en donde estaba. Y luego, automáticamente, solicité mi boarding pass para la bicicleta que yacía atónita y dormida mientras reposaba sobre el árbol aledaño. Y luego la tomé y la anduve con toda la indiscreción posible. Tenía cerca de 10 años de no subirme a semejante bestia bicéfala (y bucéfala), dada mi condición de pensador sedentario, güevón, y -además- malpagado.

Pero lo hice. Y -aunque con cierto temor que no puedo negar- lo hice sin desparpajo alguno. Y la monté de igual manera. Y tras la primer pedaleada, entendí ese viejo dicho que asevera cómo es que resulta imposible olvidar el andar en bicicleta, entre otros placeres.

Y tras dos titubeantes virajes -súbitos- de manubrio, volví a entenderlo todo.

***

Sobra decir que desestimé mi propósito (inicial) durante un buen rato, mientras le daba dos furtivísimas vueltas al parque México de las 11 de la noche.

Y es que reconvenirse con las bicicletas es como reconvenirse con un amor perdido (salve marihuana, je). Pues tras un par de pedaleadas (o debiera decir pedaleos, no sé) me sentía nuevamente on top of the situation. Y por eso me la llevé a dar la vuelta al parque. Y por eso salí del parque, con total desparpajo, y al lado de la eterna patrulla que cuida -no se qué- en la esquina de Sonora y Parque México, me bajé estruendosamente del susodicho parquecillo, y encaminé hacia los Camel "regulares"(adjetivo plagiado al dependiente de la tienda).

Y ya. Luego de alcanzar el bendito OXXO y hacerme de los pitillos que seguro me acabarán matando, volví hasta la mesa de donde había partido.

Allí se hablaba del paradigma capitalista, etcétera, y por tal se entendía el usufructo que no tiene propósito. Y se hablaba también de cómo agredirle y de cómo modificarle en estos tiempos de oportuna crisis. Y también se elucubraba en el cómo hacer algo con esa futilidad que supone la existencia. (Ay, nomás)

Se hablaban palabras mayores, debo decir pa no pitorrearme. Y se hablaban de buena manera.

Sin embargo, yo, como cualquier otro niño, seguía exultante y excitado tras mi paseo en bicicleta. Seguía sobre la calle y sobre el parque. Seguía sobre los pedales y sobre el -otro- presente que ya se había marchado (aunque no de mi cabeza). Seguía embriagado de nada. Muriendo y revolcándome en el paladeo total de un puto estornudo bicicletero.

Y seguía sabiéndolo todo (pa mi desgracia). Sí -but ignorance is bliss- y para ignorancias no había otra que la mía, yo seguía valientemente absorto (cual Rolando el Rabioso -Salmón-) en la perplejidad que sólo da el desembarazarse de uno mismo y sus tortuosas costumbres.

En la ligereza pedaleante del niño que no mira otra cosa que la inmediata: La del no saber, valientemente y sin escalas.

La de la poesía. La de la eterna -pero necesariamente inmediata- poesía.



Ah, qué ganas de volar (otra vez). Qué ganas. Qué.







(Some great Pink Floyd song to portray the mood)

febrero 04, 2009

Nombrar sin ruido

Hay días que me levanto con la rodilla izquierda, y la ciudad me desagrada. El ruido que de pronto arrulla, el puesto de jugos que otras veces me parece suculento, el asfalto y el vibrato trémulo de la corredera y el estrés: Todo me desagrada, sin razón aparente.

El significado de las ciudades escapa a mi entendimiento. Comprendo que son resultado del hambre económica del pueblo humano. Comprendo que nos gusta estar juntos -y más aún- arrejuntarnos como en el metro. El sentido de multitud que da significado a las horas y a las rutinas. Una extrañísima conformación de atmósferas colectivas que buscan otorgarle un espacio acotado y sencillo a la individualidad, eso -también- puede llegar a quedarme claro (alguna mañana sin jugo y con rodilla izquierda).

Las ciudades -las visibles, no las de Calvino (al menos no todas) - parecen estar hechas para remediar el silencio. O no el silencio, sino más bien la angustia ominosa que se nutre de la ausencia de ruido humano. Esto porque en los pueblos la gente suele afirmar -categórica y orgullosa- que "no hay nada de ruido" y "todo está tranquilo". Sin embargo, esta es una afirmación que normalmente proviene de las bocas de los exiliados de las ciudades. Los que nacen, crecen y viven en los pueblos, reconocen otro tipo de partitura vivencial. Encuentran el ruido dentro de frecuencias más pequeñas, y saben discernirlo de otros ruidos. Una agudeza impensable para quienes pasamos la mayor parte del tiempo sometidos a los decibeles intransigentes de la ciudad.

Estos amados y odiados monstruos de hacinamiento proveen sentidos predigeridos a los momentos cotidianos. La constricción de significantes en sus paredes pintarrajeadas o impolutas. Sus señales claras o borrosas. Su semiótica universalizada a punta de gritos y madrazos: Todo tejido como un río de ruido simbólico sobre ruido físico. Ruido que -como bien sabemos- se vuelve costumbre y -en ocasiones- hasta se añora.

Las ciudades, paradójicamente, existen para diluir el pánico. Son los nuevos dioses y, al mismo tiempo, los nuevos altares. Hacen suave la transición entre el vacío y la acción. Ocurren para evitarnos la molestia de mirar dentro y encontrar que nos da miedo un alacrán o que nos aterra encontrar estímulos que no estén prediseñados. Son un cúmulo de plantillas para vivir. Un lugar donde se es a partir de la interacción con los demás. Un gigantesco e inconmensurable ruido que hace las veces de estática en la frecuencia modulada de vivir la vida de otros, mientras se "vive" la propia.

Pasé el fin de semana pasado en un pueblo que recuerdo con demasiadas licencias emocionales. Allí, donde el ruido es escaso (siempre y cuando uno se mantenga alejado de las hordas turísticas), me senté durante un par de horas a mirar las estrellas. Al lado de un arroyo seco, plagado de grillos y otras criaturas sinfónicas, recordé porqué me gusta el silencio que no es silencio. Recordé el valor de no usar las palabras cuando no es estrictamente necesario. Recordé que, ante la tiritante contemplación de la existencia, lejos del ruido, y alejado voluntariamente de las palabras, la pregunta hacia la respuesta de vivir puede reducirse a un aullido, o una estrella que alguien ya nombró hace mucho tiempo, o un deseo claro de dejarse reengullir por la naturaleza, y no sólo cambiar de aires, sino también, por qué no, cambiar de ruidos.

Salud.

enero 09, 2009

4

El verdadero poder de las palabras yace en el silencio. En la ausencia absoluta de las mismas, las inoportunas. Tal como en una buena película en la que -de repente- desaparecen los diálogos. De pronto, y sin más, la niñera virtual que nos había llevado a lo largo de toda la historia, deja de ser importante (al menos para el director) y todo lo que vemos son una y otra y otra imagen, todas explícitamente colocadas, consecutivamente, tras de la otra: Y todas, claro, camino al delirio.

Delirio...o normalidad: Ejes horizontales de una brújula que no responde. Adjetivos abandonados por cualquier significado manoseable. Caballitos intergalácticos -je- que se empecinan por montar el carrusel de nuestras ideas.

Vivo...o inerte: Ejes verticales que dan sentido a una cordura tan frágil y pusilánime como supone ser el mal vicio de hablar de sueños a las piedras rodantes. Regar de historias a los yermos prados que -sin embargo- ya han sido masticados por la iguana que advirtió el enorme y perdido y podrido ojo de García Lorca, antes de ser ajusticiado por los suyos:

"Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros"
Y sin embargo, aparentar cordura es sumamente sencillo. Aunque no así de fácil resulta sentirse (o aparentar estar) satisfecho entre los brazos de la tibia

normalidad.

***

Son cuatro los años -tejidos como una medida desafortunada- que me he atrevido a pautar el rumbo de mis soliloquios. Cuatro veces doce. Doce veces treinta, treintaiuno, o a veces hasta veintiocho (o veintinueve). Muchas veces veinticuatro. Veinticuatro veces sesenta. Sesenta veces otras sesenta pequeñísimas veces. En fin: es mucho tiempo.

Miro atrás y todo parece distinto. Es ahí -quizás- donde reposa el tibio valor de llevar una bitácora como esta. En el fotograma, como dijera la muy sabia -y desconocida- Virginia. En la facultad de reírse a diente abierto de lo que apenas hace mil ochocientos minutos nos preocupaba. En dejarlo firme y asentado sobre un montón de piedras que no se parecen -ni de lejos- a las de Chichen Itzá, Machu Pichu o Stonehenge. Pero que ciertamente guían, lideran, engañan y pierden mientras encuentran. Leer para escribir. Recordarse para no repetirse. Sí: así de Freudianamente, es que nos encontramos condenados a soñar. O a callar. O a las dos cosas (como mejor dijera Netzahualcóyotl)

"Sólo venimos a dormir,
sólo venimos a soñar
¡No es verdad,
no es verdad
que venimos a vivir en la tierra!
Como hierba en cada primavera
nos vamos convirtiendo;
está reverdecido,
echa sus brotes nuestro corazón,
algunas flores produce nuestro cuerpo,
y por allá queda marchito"


***

¿Es entonces (o no es) ese preciso

trayecto

lo único que nos queda?


Ay de mis amores hipotéticos, hipatéticos,
hepáticos o -quizás-
Quizás hasta poéticos.
De soñar conmigo mismo ya me canso.
Yo sólo vine a dormir.
Yo sólo vengo soñando.
Si pasaste por aquí, bien.
Y si nunca te conozco
¿para qué me levanto?


***

Yo no lo sé.

Pero siempre,
por alguna razón,

otra vez me levanto.



noviembre 30, 2008

The clock is ticking.

No sé si padezco una enfermedad mental o si de verdad hay tantas mujeres hermosas deambulando por la vida.

Y ojalá sólo fueran atractivas: no. Lo son todo.



Creo que la monogamia nunca volverá a ser para mí. Aunque de repente se me antojaría ser sorprendido.



Make my day.

noviembre 26, 2008

Divine awareness (Paradejas -paradojas pendejas- IV)

Pocas cosas hay menos ridículas que la desconfianza. Al menos no la desconfianza tajante: esa que nos encalla en un océano y mar de mentiritas. Desconfianza de las más fáciles: hola y adios. Y todo lo que hay in between es siempre -o casi siempre- prescindible.

Yo no me siento aterrorizado ante el amor. Es más: No tengo la más mínima idea de lo que "amor" significa. Confiésome ignorantísimo.

Y sin embargo (hay que decirlo), tampoco desprecio a los que tratan de entender -a secas- cualquier cosa. Es -sin duda alguna- su derecho más inalienable. Merecen entenderlo todo, as they wish, y lo merecen tanto como también están condenados al olvido.

No existe conteo que valga la pena: Uno, dos, tres: Todo acaba de la misma manera. Cuatro, cinco, seis: I will definitely die while fighting.


Silencio. Sepulcro de los nombres. Necedad de los adjetivos: Las nueve y media de la noche (a lo mucho). So who the fuck cares?


Vuelco tras vuelco, grito tras grito, debo confesar que me siento frágil. Y corroboro -sin temblor alguno- lo fácil que resulta repetir (para no recordar).

Todo lo que empieza, sí, tan sólo comienza a terminarse. De eso no hay duda alguna. De la decrepitud proveniente. De la terquedad del aquí y el ahora.

Lo que más quisiera es -sin quebranto alguno- cierta cosa que resulta poco importante.

Ya coexisten sístole y diástole.

Ya sobreviven todos juntos, sí, a pesar de los bostezos. Versos y perversos. Chuecos y huecos. Cuentos y lentos.

Yo nomás peco de silencio y peco de destino. Yo peco de alcachofa y de corazón malherido. Peco de pecar y peco de ser simio.

Y claro: peco de ganas que no son ganas. Y peco de palabras huecas tanto como peco de ser cuento de hadas. ¿Pecar? Pecar es una mamada.

Todos queremos muchas cosas.



Y todos -Léase: TODOS- nos conformamos con nada.

noviembre 25, 2008

Paradejas III

¿Por qué le llaman letras libres? ¿Qué tienen de "libres" las letras en México? Entre mafias, clanes, escuelas, compadres y autoridades artísticas como Estorbar y dar Pereza, Lajous o Sergio Vela, todos unos auténticos vampiros del presupuesto, el declive es cada vez más pronunciado.

Bah, para alguien que piensa que las palabras están siempre en renta, la mejor ironía sería crear un pasquín que se llamara "Letras Cautivas". Ah, y donde no haría falta hablar de Paz y el neoliberalismo bursátil cada cinco minutos.


Tomado de una conversación real (overheard in Polanco):

- El otro día leí esa revista que se llama...hmm...¿cómo era Moi?
- Letras Libres
- Sí, Letras Libres. ¿Está padrísima, no? O sea, bien interesante. No parece ni mexicana...

(...)

Güeva.

noviembre 16, 2008

Todo lo que empieza, sólo comienza a terminarse...

Es irónico cómo cualquier acto arbitrario puede iluminar el día de un pesimista: Una llamada esperada, una voz inesperada, un acercamiento por demás inusual. Esta vez, se trata del reflejo emocional que repliqué, esta misma noche, luego de haberme asombrado ante el poder inhumano que un instante -vago y totalmente olvidable- tuvo sobre mí.

Una noche, una fiesta extraña, ciertos ojos que invariablemente me recordaban algo, un par de horas de charla. Un comentario de los que sólo te pueden hacer sonreir. (Y obviamente, eso bastó para encandilarme). Luego, la voz. Una voz de mujer, muy suave y muy rugosa, con una tonalidad que me cimbra, con una escala de ocho octavas, con un poder que sólo se podría catalogar como mítico.

Con calidez inusual, la voz me pidió escribir algo. Decir algo. Verme cara a cara con la dueña de la voz. Vocearme con ella. Y de entre los escombros de mi terremoto vivencial, surgió un ave fénix, insospechadísima, que se portó encantadoramente, y consiguió que esa voz soltara una docena de risitas bien repletas de tensión emocional (y sexual también, por qué no), hasta que colgamos (ambos) con una sonrisa estupidísima en el rostro, y pensando asombrados el uno en el otro. Mejor que el amor. Me cae.

En tiempos en los que hablar por teléfono -y en los que charlar, en general- se ha degradado al fondo de la lista, en cuanto a lo que al fenómeno de la comunicación respect- me siento orgulloso de haber sentido mariposas gastrointestinales cuando esta hermosísima mujer me dijo su nombre en el primer segundo, y casi como si esperara que no lo hubiese olvidado.

- ¿Hola? ¿Bueno? ¿Sí, quién habla? - Yo lo dije todo esperando, evidentemente, que me preguntaran el clásico "¿Con quién quiere hablar...?"
- "Jennine" (pseudónimo). ¿Quién eres?
- Habla Juan Carlos. Es que tengo una llamada perdida hace rato y...
- Ahhh. Juan Carlos: Soy yo. "Jennine". "¿Te acuerdas de mi?"

Habiendo pensado en un instante casi nuclear, una docena de respuestas "encantadoras", yo sólo respondí la verdad. Y en lugar de decir "Claro, ¿cómo podría haberte olvidado?" Yo sólo dije "Desde luego que sé quién eres. Cuéntame...que nunca sonó mi teléfono y nunca escuché tu llamada...así que cuéntame..."

- Claro. ¿Qué pasó?

Y siguió la conversación. Con risas incrustadas, con voces melódicas. Con tiempo. Con mucho tiempo. Parecía, sin miedo a equivocarme, que tuviésemos todo el tiempo del mundo...

- (¿?)

Voy a verla próximamente. Ella me llamó a mí. Yo nunca me le lancé a ella. (Pues eso vencería el argumental propósito de demostrar cómo los "varones" somos todos pendejos...).

Pero ella llamó. Y ahora (no sé por qué) voy a verla.

Encomiendo mis ojos a donde se encuentra mi putería. Si no, que dios (minúsculas) me salve. Encomiendo mi mente a la esperanza. A la que no tengo. A la que reniego en total ejercicio de mi adorado pesimismo:

-No lo sé, pero esta mujer me hace sentir algo. Algo indescifrable. Algo inexplicable. Algo-

Y como muchos saben, no soy yo uno de los que malbaratan sus sorpresas.
Yo me enamoro escasamente.
Y mucho menos a primera vista.

Esta vez, honestamente, no lo sé.


Creo que ella, la de la voz como una sinfonía, lo tiene todo.
Aunque me mienta a mí mismo, lo creo.

Y aunque quizás,
como buen pesimista,
esta bien también me equivoque.


No importa. Algo revolotea en la punta de mi estómago:


Salud.

noviembre 13, 2008

El protocolo del desorden. (Carta a mi amigo del "dios es amor")

Chhhhhht. ¿Qué pedo? Ahí va:

El punto y aparte (tras la palabra "desorden") lo puse sólo para los conocedores. Y es que no hay absurdo más sincero que ponerle puntuación cualquiera a cualquier caos venidero. Como este. O como el que sigue (dos puntos):

Sin duda me repugnan los absurdamente puristas tanto como los mareados agitadores. Me cagan, en realidad, las etiquetas y los protocolos. Muy fácil (dos puntos otra vez): Detesto las invitaciones para (casi) cualquier boda. Y las detesto si particularmente exigen que me vista de un smoking rentado, o de una formalidad que no conozco o que siquiera alcanzo a interpretar. Lo mío, querido amigo, no son las regalías ni las monarquías. (Y sí, aunque medianamente sé algo de princesas, tampoco me atrevería a escribir un tractatus...).

Cuando hablo en honor al desvarío, realmente no hablo por nadie sino por mí mismo. Puesto sé qué tan capaz es mi ego de autoalabarse. Y porque sé que detesto los ensayos y los "rehearsals" (que son lo mismo). Pero no sé (y ahí sí me admito estúpido), porqué es que los niños tan pequeños le tienen tanto aprecio a mi cinismo recalcitrante.

Pero enough about me. Esta tendría que ser una ultimísima admisión de incapacidad. Una carta dedicada a quien todavía tiene/siente/vive la FE. Mi amigo del "dios es amor". Mi querido amigo del "Jesus is Lord".

Honestamente, amigo, tu Jesus me parece una encantadora literatura fantástica. Y -más importante que eso- tu fe es mi envidia de todas las mañanas. Hoy, mientras transitaba sobre avenida de la prostitución existencial (whatever), pensaba en lo fácil que sería recibir un auto (o un avión, en estos tiempos post-mouriñianos) sobre la cabeza. ¿Y si de pronto cayera un auto, un tren, un autobús o un aeroplano, sobre mi cabeza? ¿Y si la rompiera sin remedio? ¿Y si la vida -para mí- se terminara así de súbito?

Por más que atesoro las historias, no me deja de dar miedo la posibilidad de que toda esta existencia se termine de forma instantánea. Y no es que atesore tanto mi presente, no, pero sin duda me tomo el futuro por sentado. Todo el tiempo. Sin mirar atrás.

Amigo mío: Tú ya tienes un nombre y una fe que le da significado a todos los posibles finales que hay para cada una de las conciencias. Tú dices "dios", de entrada. Y luego dices "dios es amor", y sin mirar atrás.

Yo soy un vástago de mi propia necesidad. Yo soy un hombre que recurre al humor porque no tiene mejor alternativa. Y el humor no siempre me paga réditos. Es más: escasas veces cosecho carcajadas.

Tú, sin embargo, no dependes de ti mismo, tanto como de tu fe. Y yo te envidio, amigo. Te envidio enormemente. Y sin remedio: Pues no hay respuesta que me sirva ni canción que me conteste. Mi vida se acabará cuando se acabe mi vida. Ni un segundo antes, ni una broma después.

¿Cómo no sentir envidia de los fieles, tan llenos de fe, o de los vacíos, tan llenos de nada? La vida agnóstica es perfectamente equiparable a la de un clasemediero: Ni pobre, ni rico. Ni negro, ni blanco. Ni lleno, ni vacío. Ni feliz ni irreparable. Nomás tembloroso y dubitativo.

Ojalá hubiera elección, amigo mío. Pues de haberla, sin duda escogería la tuya. Despreocupado de lo consiguiente, transitas sobre la enorme fe de que todo está dicho.

Lo malo, mi buen, es que fumo. Pero no fumo Benson & Hedges.


Duh.

noviembre 07, 2008

Intersticios (Posteo aforístico)

***
Mi vida es un caos ordenado y políticamente correcto, o incorrectamente político, según las circunstancias.

***
Mi necesidad de escandalizar responde de forma directamente proporcional a la hueva que me produce adaptarme a cualquier partitura rutinaria.

***
Creo más de lo que sé. Sé más de lo que digo. Digo lo que alcanzo a musitar. Musito lo que proviene de las ondas primigenias de mi incapacidad para responsabilizarme por mi incorrección política. Soy un cerdo advenedizo y feliz de ejercitar su poética decadencia.

***
Soy un hombre de trenes, más que de aviones. Pero vivo en un país sin trenes, y cuyos aviones son casi todos tercermundistas. No escucho el golpeteo de las ruedas contra los durmientes de los rieles. Sobrevivo -apanicado- el espacio entre el despegue y el tercer tequila. Esa es la metáfora más precisa de mi aproximación a los 30 años.

***
No quiero aumentar líneas en los párrafos conforme transcurren los aforismos. Aquí -entonces- debiera decir lo mucho que asumo el inefable hecho de vivir en un país de máscaras: Bonitas, sí. Irreales, por supuesto.

***
Una vez asumida la simulación, quedan pocas alternativas: Rasparse la garganta a punta de gritos inconformes (una), o aprender la sutileza truculenta de mentir sabia y confortablemente (dos). Ninguna vertiente es expiatoria: Desgañitarse o simular son dos extremos de una misma mentira.

***
Debo admitir que aprecio mucho el ser adjetivado (juzgado) o siquiera definido. Encontrarme a mí mismo en una sola palabra, resulta un verdadero alivio. ¿Qué más fácil que jugar a semejante complacencia? ¿Qué más difícil que saberse -en secreto- absolutamente distinto?

***
Un paseo por los zócalos de Culiacán resulta ser un verdadero examen para el autocontrol y la memoria. Supeditar el apetito primigenio ante el guerrero control de las pulsiones. Asumirse cavernícola en cada pierna desnuda y en cada pelo bien peinado, mientras aquello que subyace -la sed, el hambre indemne, el apetito turbio- es aplacado por una moralidad que sin embargo no es moralina. Hambre que no es hambre. Sed que no es sed. (Aforismo que ya es muy largo)

***
Lo único importante, cuando se trata de aforismos o carreras de automóviles, tiene que ver con el frenar. Saber dónde, saber cuándo, saber las veces. Y -curiosamente- importante es saber también que parar no es detenerse. Y que nada es tan inmenso como para ser infinito, ni que tampoco decir "jamás", es decir "para siempre".

***
Todo aterrizaje resulta forzoso. Nadie (casi) quiere dejar de volar para ser un tren. Y nadie quiere dejar de rodar para hacerse pregunta. No hay hambre capaz de saciar cualquier menú. Y no hay sed que se termine en barra alguna. Y es que no hay completud (o complitud, como se prefiera). No existe un "ya estoy bien" sin que le siga un "siento falta".

***
Querer postergar el placer equivale a ser tartamudo. O necio. O simple, pero recio. Alargar las palabras no es necesariamente malo. Y es que tartamudear o canturrear sólo es un síntoma del saberse necesariamente en falta: Ni tú, ni yo. Ni nosotros. Ni dios (con minúsculas), ni nada. Justo eso es lo que me hace feliz: nada. Tener nada o (es decir) buscar algo.

***
Oremos, hermanos, oremos. Que al espacio vacío, savia de todo aquello que es incompleto, se levanten nuestras incompletas plegarias. Vivamos nuestra mexicanidad mientras se acaba el mundo. Pero vivámosla de verdad: no llenemos el vacío de la muerte con florecitas de cempaxóchitl ni tampoco con calacas de sal o de dulce o de nada. Abracemos el verdadero vacío: ¿Podemos?

***
Que sea límpido el silencio, que sea de verdad. Que sea el gran silencio. Que sea un mes después del 2 de octubre, como ya es. O que sea en cualquier mes, y que sea por sobre cualquier ansia. Pero que sea vacío -no lleno- y nunca (nunca) toda la verdad.

***
Renuncio a cualquier aforismo que ocupe más de quince palabras (y a todos los anteriores).

***
Renuncio a mí mismo y a mis incipientes canas. Renuncio a salvar y a ser salvado. Renuncio a mis ganas.

***


- ¿Qué es lo más fuerte que has oído en los últimos tiempos?
- ¿De verdad quieres saber?
- Sí, suéltala...
- Ok. Ahí te va: Un hombre vocifera en algún bar. Cuenta su muy misógina y condechi verdad ante la vida:

"Y es que, ¿sabes qué? A las viejas mexicanas les falta siempre algo. Algo que siempre tienen las cubanas. Aquí, a todas, si les sobran tetas, les falta culo. Es una realidad, mi hermano. Piénsalo bien. Ninguna lo tiene todo en su lugar, como en Cuba..."

Y en una adorable retaliación no solicitada, pero respondiendo a los decibeles de ese irresponsable emisor, se acerca una mujer (hermosa, por cierto, más allá de las tetas y el culo), y replica:

- ¿Pero de qué tú te quejas entonces? Con los hombres mexicanos es lo mismo: Al que le falta cerebro, le sobra pito. Y al que tiene un buen pito, nada más no le alcanza el cerebro. Aunque en tu caso es peor (le dice directamente al hombre): A ti, sencillamente, te faltan los dos...




(Tómala, "chavo". Y ni quién te salve...)


Para aforismos los de la vida.


Y salud por el intersticio.

octubre 28, 2008

Escribir para disentir

A la salud de un par de periodistas con el ego más grande que una prensa rotativa


Hace un par de días me involucré en una larga discusión alrededor de una nota periodística de bastante baja calidad. Los argumentos y la temática de la nota son poco importantes, aunque hay que reconocer que se trataba de política nacional, en la que mi postura si bien no es del todo radical, sí que es bastante incomprensible para izquierdas, derechas y lamehuevismos incorporados.

Pero el punto aquí no es tanto la nota en sí tanto como el acto de escribir en este país. Conforme pasan los días, los meses, los años, sigo recibiendo palmaditas en la espalda y sugerencias en distintos ámbitos para dedicarme plenamente a este ejercicio, arte, oficio o modo de vida.

Y es que precisamente ahí radica mi reticencia al respecto.

...

Sobre qué es escribir para mí, en realidad, y cómo es escribir en este y otros países, estrictamente, está erigido todo mi asco. Puedo decir que escribir para mí es un ejercicio, una evacuación necesaria de ideas: a veces en forma de un acto de seducción, a veces a manera de exorcizar la tristeza. No siempre lo mismo ni con la misma intensidad, ni con la misma línea lógica, ni con la misma temática.

Eso, para los efectos prácticos de escribir como oficio, sería un primer e insalvable problema.

Por otra parte está el periodismo, al que ya he dedicado un par de añitos escribiendo alguna que otra tontería sobre mi oficio actual, en pasquines empresariales de bastante poco interés para mí. Debo decir que era bastante sencillo. La nota periodística, la crónica, o cualquier texto que pueda construirse sobre cierta temática transitoria, como la realidad nacional o una película, es un ejercicio de escritura simple y no por ello menos interesante. Imagino que con los años uno descubre formas de hacerse el trabajo menos repetitivo, y que los buenos periodistas mutan hacia otras formas narrativas menos fútiles que el papel periódico, o las revistas que se apilan en las peluquerías. Y sin embargo, no todos lo hacen.

...

Hay algo sobre escribir que sigue sin gustarme: El mundo de los escritores. Y no se me malentienda. Conozco ya muchos, y muchos de ellos grandes y consagrados. Casi todos ciertamente agradables para conversar sin que ello no implique siempre estar bajo un halo de superioridad moral que les otorga el hecho de que su dominio de las palabras es reconocido por las convenciones sociales de la época, y que por ello sus palabras cuentan más que las de un simple mortal. Es el síndrome del gurú, presente en todas partes, y que practican los médicos, los sacerdotes, los intelectuales, los pequeños mesías y todos aquellos grupos en los que ese "liderazgo" supone ser ejercido. En el caso de los escritores, sin embargo, es siempre un liderazgo constituido por materia muy ambigua. Porque un científico puede hacer grandes descubrimientos, un político provocar grandes cambios, un médico salvar muchas vidas, pero un escritor -curiosamente- lo único que puede hacer es escribir. Y el valor de lo que escribe está siempre otorgado por una maquinaria de hilos mucho más finos que los que ponen pedestales para casi cualquier otro arte u oficio.

Y todo esto ocurre, evidentemente, porque las palabras -como ya lo he dicho constantemente a lo largo de años- son las putas más suculentas y monumentales y perversas que nos han sido otorgadas -a todos- por la condición humana. Y es así que si las palabras son meretrices (sin ningún tipo connotación gesto misogínico, ya que la cualidad femenina de las palabras sólo es culpa de la lengua castellana, en mi caso), y entonces los escritores y las escritoras son los grandes padrotes de ese burdel.

Y aunque la subjetividad de la palabra debiera ser menor a la de una sinfonía, o de un acto dancístico o de cualquier guiño que insinúa significado sin reposar en signifcantes, en la realidad no es así: El Nóbel de unos es el imbécil de otros, y siempre existen las palabras correctas para demostrar y redemostrar lo cierto y lo falso de cualquier argumento. Ese miedo me abruma cuando pienso en escribir: el ruido. El ruido de las palabras mientras se leen. El ruido de la contradicción. El barullo interminable de los que aman y odian lo que dices o dejas de decir, y las disertaciones interminables sobre las comas y los puntos que faltaron para que la obra de tal o cual pudiera ser considerada magistral. A Mozart nadie le ponía comas y puntos sobre la partitura, ¿o sí? Ni siquiera al Buki. ¿Por qué es que con las palabras nos creemos todos capaces y nos ensañamos tanto frente a la urgencia del entendimiento?

...
Porque es posible. Con las palabras es "posible" entender y que cualquiera nos entienda si las decimos o las escribimos correctamente (vaya joda). Entonces, ante la duda, la gente arremete contra libros, escritores, interlocutores, periodistas...vienen las discusiones y otra vez los ruidos y las romerías y...yo termino por decir basta. De pronto en pronto, se antoja callar un rato. Callar y morder, besarse, follar, coger o no coger, pero dejar de hablar, pensar, verbalizarlo todo...

En ese mundo del escritor nacional, del periodista nacional, del "artista" nacional, todo funciona igual -o peor- que en la normalidad. Escriben para sí mismos. Es una orgía de caníbales que se van comiendo, felizmente y los unos a los otros, en pedacitos. "Señor", "Maestro", "Excelentísimo su último libro" - "Igualmente". Es como ver a los senadores convertirse en diputados -y viceversa- cada 6 años. Siempre las mismas caras, los mismos libros, las mismas ideas. Algunos verdaderamente geniales. Otros viviendo de olerle los pedos a los geniales. Algunos geniales felices de tener un séquito de huelepedos para cuando necesitan escribir algo mediocre, sin que nadie recrimine nada. El cuento -literalmente- de nunca acabar.

Yo prefiero disentir con todo eso. Disentir con los periodistas, con el establishment del escritor wanna-be y con el establishment de las vacas sagradas. Por eso, y no por otra cosa, jamás ingresé a la facultad de letras y pretendí que me interesaban las conferencias sobre gramemas perdidos. La vida académica, la ostentación, el uso de la palabra con el puro afán de convertirse en gurú, o hacerse de un séquito de arpias y gusarapos, me parece un afán somnífero y por demás arrogante. Pocos escritores que conozco escriben porque lo necesitan. E incluso, dentro de ese grupo, hay algunos que lo necesitan por motivos también ulteriores. Disiento entonces. Me dejo escribir en paz. Escribir y publicar, afortunadamente, no son la misma cosa. Publicar, quizás como John Twelve Hawks o como Pessoa o como Traven, je, podría ser interesante. Perdido en la neblina. Escupiéndole ilusiones al mundo. Jugando al espejismo.

Si no, francamente, prefiero seguir haciendo lo que me place. Y que venga un buen amigo a recoger el disco duro el día que muera en el intento.


Salud.

octubre 16, 2008

El puente al vacío...

Así se le denomina a un proyecto que Sarah Palin desmadró en Alaska. Y es que mientras más viejo me hago, y ahora que me acerco peligrosamente a cumplir 30 añitos, me convenzo más de que la política global es precisamente eso: Un pinche puente que no lleva a ninguna puta parte.

No comprendo. No logro entender la mentalidad del capital (porque el capital es un ente que vive, piensa, respira y se alimenta de hombres, mujeres y niños). Pero no hablaré de esto aquí, sino que lo dejaré todo en mi blog político.

Por el momento me encuentro en total esclavitud labora y con una desazón frente al mundo que no me cura nada. Quizás debería enamorarme, je. Pero ps al parecer ya le tengo mucha tolerancia a esa droga del amor. Ya no me pone, snif.


Nos vemos en el bló político. Hoy tengo ganas de despotricar.

octubre 02, 2008

2 de Octubre

No se olvida.

El avión comienza a aterrizar. Alivio. El sonido del enorme aparato con ruedas que permite que esta bestia de acero y anti natura pueda caer "suavemente" sobre toneladas de asfalto dispuestas para ello. Luego la vuelta parabólica: el momento extraño en el que alguien anuncia en el altavoz que la aeronave se dispone a descender, y sin embargo asciende abruptamente para encontrar su trayectoria hacia el suelo. Quizás ese sea el primer recuerdo que tengo de los aviones. Esas bestias de acero y algoritmos que simbolizan tan bien nuestra condición de animales capaces de modificar nuestro entorno violentamente.

Entonces el avión asciende porque tiene que bajar. Toma el control el piloto humano, demasiado humano, y a brinquitos coloca la nariz del aeroplano en donde tiene que estar. Jala el timón y el avión sube. Nivela el timón y el avión se detiene en el aire, como una gacela a punto de ser herida de muerte. Y luego, después de ese funerario instante que se congela en las nubes, pulsa el piloto los botones correspondientes y los alerones se encargan de hacer bajar a la gran gaviota sin alma hasta los adentros más centrales del cruel basurero de la humanidad: Y cómo amo a mi ciudad tiradero.

Soy un animal de arrebatos e incongruencias. Detesto volar, pero adoro ver el mundo desde arriba. Me aterroriza morir, pero también me desgasta enormemente vivir la vida, desmenuzarla como buen obsesivo, descubrirme imbécil a cada paso, aprender a reírme de mí mismo, y luego de cada aterrizaje, bajar del avión y caminar a ras del mundo.

Hace poco, en mi absoluta adicción televisiva, me topé con un gran parlamento en cierta serie gringa de cuyo nombre prefiero no acordarme. Una mujer de fe, herida por las circunstancias, le decía a un hombre de razones, herido también, pero por sí mismo:

Dr. Gregory House: They're out there: doctors, lawyers, postal workers. Some of them doing great, some of them doing lousy. Are you going to base your whole life on who you got stuck in a room with? (Están allá afuera: doctores, abogados, carteros. Algunos haciendo algo grandioso, algunos haciendo cosas horrendas. ¿Piensas basar toda tu vida sobre aquellos con quienes te toca estar atascada en una habitación?)

Eve: I'm going to base this moment on who I'm stuck in a room with. It's what life is. It's a series of rooms and who we get stuck in those rooms with, adds up to what our lives are. (Voy a basar este momento en quien resulta estar atascado en esta habitación conmigo. Eso es la vida: una serie de habitaciones. Y con quien resultamos estar atascados en ellas, añade sentido a lo que nuestras vidas son)

Un continuo de habitaciones. Una habitación tras otra. Primero la cama, el cuarto, luego la madrugada, el taxi, luego la fría y espantosa sala de cualquier aeropuerto, el aeropuerto. Después la espera, la espera en sí misma, la mujer de enfrente rascándose la nalga, el hombre al final de la fila y su desesperación. Después la escalera, las escaleras, luego el aeroplano, el viejo aeroplano bimotor en el que regalan un mal periódico acompañado de cacahuates. Y así. Así todo lo demás. Una habitación detrás de la otra, luego de la otra, debajo de la otra. Un edificio universal, repleto de pasadizos, plagado de chimeneas, atestado de cuartos que parecen ratoneras sin salida. Eso y después los demás. Los otros hamsters de la ecuación. Las otras ratas. Y los científicos que nadie ve, que nadie conoce, que nadie compra. Los que lo miran todo y toman notas. Los que le brindan esperanzas a esos afortunados que saben sentir fe. Los que llenan de rabia a todos los que los consideramos o inexistentes o sencillamente crueles. Cosa que no importa. Pues esa habitación -la de la duda aderezada con sensación de abandono- es sólo otra de la que podríamos o podemos sencillamente salir. O en la que podemos encontrarnos a otro habitante, casualmente, y entonces fundar una isla desierta, para después solamente persistir en compañía.

Hoy es 2 de octubre. Hace veintitantos días que no escribo nada que no sean conclusiones y moralejas comerciales para un estudio de mercado de proporciones molestas. Esa ha sido mi habitación hasta hoy, cuando aterrizó mi pequeño aeroplano de juguete, y pude salir de ese lugar para volver al mío. Y hoy, me vengo dando cuenta, es 2 de octubre. No se olvida. Y no se olvida porque las paredes siguen cubiertas de sangre y de amnesia. Porque la habitación se torna roja y amanece. Apenas amanece. Mi habitación marca las 7 con 30 minutos.

40 años después de aquella habitación negra y roja, viene llegando mi aeroplano de vuelta a la vida y a la realidad. Yo no padezco de amnesia. Ni siquiera me olvido de lo que no me tocó vivir. Pero recuerdo la sangre y -sobre todo- la sangre que acompaña a las habitaciones de la verdad. Del justo reclamo. Del sacrificio.

Mi junta final es a las doce del día. Una habitación de trámite luego del pasado mes de reclusión. Inmediatamente me dirigiré a Tlatelolco. Y caminaré los caminos que trazaron esos extintos habitantes. Y recordaré porqué amo a mi ciudad. Y recordaré porqué odio a mi país. Y luego me sentiré satisfecho, por un instante muy parecido al del avión que se dispone a descender, para entonces volver. Volver a casa.

Y volver, pusilánime y sin remedio, a mi habitación.

.

septiembre 12, 2008

Días fallidos

"Ad absurdum nemo tene" (Nadie está obligado a realizar lo imposible, ja)

Si pudiera observar alguna ley distinta a la de mi psicosis, esta tendría que ser la Ley de Murphy. ¿Por qué? Porque es la única que considero certera e implacable. Y peor aún: Si uno resulta ser tan obsesivo-compulsivo como el que aquí escribe, entonces la Ley de Murphy se convierte en materia de estudio: ¿Qué tal si hubiera tomado otros cinco segundos en abrocharme las agujetas? ¿Qué tal si mi avión de antier no hubiese sido cancelado y entonces la historia fuera otra? Muy fácil: si las circunstancias no fueran circunstancias, yo no sería yo. Y luego entonces, tampoco me habría pasado lo que me pasó. --BEEEEEEEEP-- Error craso y tremebundo: pues es precisamente esa miscelánea convergencia de pequeños errores la que provoca lo que "los expertos" denominan como "actos fallidos".

No repararé en los incontables porqués de mis propios actos fallidos. No. Este es un post autoindulgente, autocomplaciente y sobre todo, autorizado por mi neurosis. Hoy, un ONCE de SEPTIEMBRE (bueno, ayer, sí, bah) este conglomerado de diminutos apocalípsises (sic) redundó en que mi puto día se compusiera de un acto fallido tras otro. Ergo, un día fallido. O como se diría en náhuatl.... ::::::::::: blank:::::::::::::: (se me olvidó), es uno de esos días malditos en lo que mejor es no salir de casa.

Tampoco me voy a poner a enumerar cada pendejada de las que ocurrieron (hice) hoy. Ni mucho menos me tomaré en serio esa comparación que hace un rato le hacía en broma a un par de muy queridos amigos que he vuelto a ver luego de años de distancia. No, la mera neta,ni los 3500 muertos de las putas torres gemelas, ni los cientos de miles de muertos y exiliados del golpe pinochetista podrían compararse en un terreno sensato con el hecho de que -olvidando mi metódico proceder a la hora de trasladarme en la ciudad- hoy haya dejado mi precioso y usado celular en el taxi de algún hijo de puta que lo apagó a la media hora de haber cometido semejante estupidez. Ni tampoco todo lo demás: no tener internet en casa, no llevar los cd's correctos a cierta chamba, no circular por las mejores vialidades, etcétera (etceterísima, me cae).

Pero como ya lo dije hace varios años: Cortadita de papel, snif. Me duele más el hecho de que ese hijo de puta me haya dejado sin los audios inéditos de 4 entrevistas a directores de cine consagrados, que los milpiterremil muertos de la historia latinoamericana. Y bueno, chavo (me digo a mí mismo), tú nomás perdiste un pinche artefacto que POR PENDEJO, no respaldaste debidamente y que ahora te cuesta no escribir un par de artículos chingones. Pero tampoco es como si te hubieras muerto en un edificio de cientoytantos pisos por los huevos de la CIA, o te hubiesen dejado en un estadio un mes sin tragar para luego nomás fusilarte o echarte al océano pacífico. Y entonces, pacífico, me calmo yo solito. Chingada madre.


Pensaba contestar olímpicamente un gran y muy bien argumentado comentario en el post que puse de la marcha light, e incluso contextualizarlo con los recientes arrestos policiacos, o incluso el asqueroso partido de fútbol de anoche. Pero no lo haré. Hoy nomás estoy emputado por estar pendejo, y estoy también pendejo por andar emputado. Entonces, sabiamente, me retiro a trabajar en mi recientísimo trabajo en lugar de chillotear por mis pendejadas Murphiescas. Bienvenido a la frustración, chavo (me digo también). Ahora se trata de subir la colina, nuevamente.

Seguro que mañana es un día mejor. Sí, me uniré a los optimistas, o a los alpinistas, o vaya usté a saber a qué chingados.



Y para cerrar, qué mejor colofón (argh, qué asquerosa palabra) que la última foto salvada de mi extinto K790. Un hermosísimo "bar de la salud" en la colonia Buenos Aires. Pinche Karma.


Así que vayan y digan...

Salud (y ya).

septiembre 07, 2008

¿Una idea cruel?

¿Y si amputamos a nuestros deportistas? Seguro sacan puras de oro, como los paralímpicos.

septiembre 06, 2008

Breve nota sobre la resurrección y el post anterior

Para todos los sorpresivos y bienvenidos comentaristas y visitantes de la semana pasada:

Este blog tiene ya cerca de cuatro años despotricando contra el mundo y exponiendo otras borracherías más personales. Incluso tuvo sus tiempos gloriosos, hoy perdidos en los archivos de la herramienta de comments haloscan, que quité a lo pendejo por aquellos tiempos, je. Antes, tener un blog funcional y al corriente requería, a veces, la ayuda de terceros proveedores e implementos que hoy ya tiene Google incorporados a su blogger. Y pues la verdad es que también me había desentendido mucho de bloguear y sus implicaciones.

Lo que quiero decir es que me sorprende cómo estos temas provocan que la gente levante la mano y hable, y aparte de agradecer el hecho de que comenten y se identifiquen con mi asco frente al maniqueísmo de la sociedad mexicana, estaría bien que estas convergencias nos sirvieran para proponer otras cosas, y no sólo dejarlo en el clásico "preaching to the converted" que muchos de nosotros practicamos todos los días en el blog o la vida "real".

Y bueno, estas semanas he estado (y seguiré) en una chamba en el culo del país, metido en pueblos de menos de 1000 personas casi todo el día. Por ahora no podré responder un par de comentarios que me parece importantísimo rescatar o despedazar. Pero agradezco que le entren a la polémica y que pongan de su parte. Ya pronto podré hacer una actualización que me parece muy pertinente, pero mientras sigan disfrutando de los futbolistas, los televisos, las amas de casa, Paty Chapoy, Silvia Pinal y todos esos "líderes de opinión" que están colgándose de la pendeja marcha esta para llevar agua a su molino, y seguir con la política del miedo que alguien le está copiando muy convenientemente a nuestro vecino del norte. Próximamente más bilis...por lo pronto "pónganse la blanca" (dice la seletzión de jútbol que anda muy retepacifista).

Y ya, que se me hace tarde pa irme al pueblo. Hasta pronto, pues!

Salud.

agosto 30, 2008

Llámenme mierda...

Y es que en verdad, me vale madres.

Yo sigo sin entender un carajo de este lugar en el que vivo. Menos aún, a escasas horas de que 100 mil millones de pendejos se vistan de blanco para marchar en desprecio a la "inseguridad pública" de ese país en el que dicen vivir.

¿Y por qué es que me atrevo a ser llamado mierda? Porque, sencillamente, ni medio cabrón del que se decida a marchar mañana tiene la menor idea de lo que produce la inseguridad pública a nivel mundial. Son todos una bola de clasemierderos aterrorizados por el culto mediático, enfundados en su comodidad pequeñoburguesa y más autocomplaciente que el autor de este blog (lo cuál ya es decir mucho) y que se "solidarizan" con gente que en su putísima y regular vida se ha solidarizado con ellos.

Entonces portarán todos sus trajecitos color blanco clorox y sus velitas piteras, y marcharan, curiosamente, en la misma ciudad en la que repudian las marchas y toda expresión de protesta pública democrática. Claro, lo harán en "sábado", lo cual exime a muchos de la culpa de desquiciar absolutamente las vialidades, a pesar de que es justamente el "sábado" cuando el caos vial se presenta cínicamente todas las semanas. Y sin embargo, a todos ellos les parece "justo" protestar por el asesinato del pobre chico Martí, que -sin lugar a dudas- fue terrible y atroz. Lo que todos ellos desconocen es que el joven Martí es parte de una de las DECENAS de familias que controlan y hacen uso DISCRECIONAL de MAS DEL 60% del producto interno bruto de este país. Es decir: ese pequeño personaje, sin deberla ni temerla, fue objetivo de la delincuencia porque PODIA serlo. A diferencia de los cientos de miles de clasemierderos que marcharán mañana, indignados ante tales injusticias, mientras en ese mismo país en el que dicen vivir, hay 55 millones de pobres que se mueren por docenas todos los días -ya porque los picó un alacrán y no hay hospital en su pueblo, o ya porque no tuvieron una alimentación suficiente en todos sus años de vida- y, sin embargo, nadie marcha por ellos.

Lo que me resulta insultante de estas marchas burguesoides, y muy a pesar de considerarme un pequeñoburgués cualquiera, es que carecen de todo pudor. Porque la clase media escribe los relatos de la clase media, todo el tiempo. Y entonces, en el absoluto ejercicio del "si no lo veo, no existe", se atreven a rezongar por el simple hecho de que existen millones y millones de miserables capaces de matar y de infringir la ley por cantidades que a muchos les resultan irrisorias. Basta leer la portada de "La Prensa" (el periódico más leído de México, por cierto), para saber todos los días cómo es que un joven alienadísimo y pusilánime es capaz de matar a otro por menos de 100 dólares amercianos. Y sin embargo, a la "gente" que escribe el mass media le sigue pareciendo indignante el que "se atrevan a violentar la ley". ¿Cuál ley? ¿Cuál de todas? ¿La constitución política de los estamos sumidos mexicanos (sic)? ¿La misma que otorga derechos inalienables a una vida "digna" que sólo unos cuántos tenemos? ¿O acaso la ley orgánica de cualquier estado o región de la república, y que castiga el secuestro con "escasos" 60 años de prisión? ¿Y cuál va por encima de la otra? ¿Y quién marcha por el no cumplimiento de la primera y esencial?

Francamente me encuentro harto. Me repugnan las indignaciones artificiales y pendejas de toda esa estúpida carne de cañón que no comprende que la inseguridad es un problema directamente proporcional a la injusta distribución de la dignidad y el nivel mínimo de vida que todo ciudadano debiera merecer de a acuerdo al a constitución. Y me repugna todavía más que nadie marche más de dos veces por todos los muertos que no tienen un nombre ni una familia que aparezca en los medios. Muertos que ocurren a diario y que a nadie le importan. Y que son no más, pero tampoco menos que el pobre chico Martí, que tampoco merecía esa crueldad de parte de nadie. Pero que tampoco merecían una peor crueldad, peor porque esta ejercida desde su mismísimo estado soberano y protector, y que los ha abandonado desde mucho antes de que nacieran.

Me parece bien, en el fondo, todo lo que este asunto propone: Iluminemos México. Iluminémoslo pues, pero desde abajo hacia arriba. ¿O qué carajos esperan todos los que cómodamente pretenden mirar el mundo desde un pedestal que a nadie le corresponde? Pues justo lo que existe: Una sociedad podrida, llena de sicópatas capaces de matar por unos centavos o muchos millones de ellos. Un país de niños y jóvenes desatendidos por el progreso y que fácilmente son reclutables por el narco, la criminalidad o cualquier opción que no sea vender chicles en un semáforo en el que el 80% de los que pasan prefieren no sólo no comprarles nada, sino siquiera mirarlos a la cara.

Me repugna. Me repugna visceralmente toda esa indignación de pacotilla. Una indignación de cientos de miles de clasemierderos que van a salir mañana a las calles a "solidarizarse" con el chico Martí y todos sus semejantes (ricos) que han sido secuestrados por una panda de cabrones muy bien organizados. Y me repugna no porque me parezca detestable su solidaridad, sino porque es -al fin y al cabo- una solidaridad pendeja y absolutamente maniqueísta. Una solidaridad de "buenos" y "malos". Una en donde los "buenos" son todos esos pobres ricos que también lloran cuando la realidad les cobra su absoluto desdén por toda la gente que los ha hecho así de ricos, precisamente. Una solidaridad pusilánime y pendeja: digna del que cree que la movilidad social existe en este país, y que -algún día- "sus niños serán blanco" de esos malosos que no tienen razón de ser ni de hacer.

Abramos los ojos, con un carajo: Nunca esos "niños" clasemierderos serán el blanco de una banda como la que secuestró al niño Martí. Ni nunca los padres ni los abuelos de esos niños clasemierderos serán blanco de otra cosa que los millones de OTROS niños que, a falta de una educación digna, y una sensibilización pertinente, se dedican a robar y asaltar en las calles porque no conocen otra cosa mejor para salir del hambre que les tiene sometidos.

Entendámoslo de una puta vez: La miseria obligatoria es también violencia. Y es, sin duda, una de sus manifestaciones más peligrosas. No puedes ser la decimoprimera economía del mundo mientras ostentas a 60 millones de pobres que no saben ni les importa si el petroleo se privatiza o no. No puedes ser el "undécimo" país menos pobre del mundo (de entre doscientos y tantos), y luego sentirte afligido porque uno de esos 90 millones de desafortunados jodidos decidió, en la desesperación o en la simple hijodeputez, tratar de sacarte provecho. Y, por último, no puedes marchar con tu velita en mano y tu trajecito new age en turno, si lo único que haces es tenerles miedo a todos esos jodidos por los que tu vida de migajas es la que es. O les haces caso o soportas las consecuencias.

Y si lo que quieres es que no haya más consecuencias, entonces comienza por atacar el problema de raíz. Lucha contra la desigualdad y contra la inequidad absoluta del país que dices amar cada 15 de septiembre. Lucha contra ti mismo y tu capacidad de hacerte pendejo. Lucha contra la voracidad y la ambición y reclámale a esos mismos 60 padres de familia indignados que viven en una de las riquezas más insultantes del planeta, en lugar de marchar a su lado y pedirles a los hambrientos que no te coman.

Y si no piensas hacerlo, y si de verdad crees que una velita y una semana en el noticiario de Carlitos Loret harán la diferencia, pues cómprate un búnker y espera lo peor. Porque de seguir así las cosas, eso es lo que a todos nos espera.

Y llámenme mierda: pero es la verdad.

agosto 01, 2008

Epifanías desechables (IV)

Hace unas horas estaba perdiendo mi tiempo en el twitter, del cual me he hecho un tanto adicto en los últimos tiempos, más por el "hype" que tiene alrededor que por el verdadero interés exhibicionista y un tanto histérico que muchos de sus usuarios tienen por llamar la atención.

No sé si es realmente una herramienta útil, más si se considera la cantidad de horas que está offline por problemas técnicos y la cantidad de veces que se han corrompido y perdido sus bases de datos. Como ejercicio antropológico, podría considerarse interesante. Llevar un registro de ideas o "enunciados vivenciales" o simplemente de lo que "está haciendo" la gente, tiene un aroma Orwelliano un poco terrorífico, pero también una parte muy interesante, si de verdad se pudiera llevar un registro confiable de esa línea de tiempo, y no se perdieran los tweets del pasado con cada actualización del servidor. Uno podría, con los años, percatarse de las pendejadas que hacía años antes o de los pensamientos circulares en los que estaba metido, o de la rutina insulsa que le dejaba tanto tiempo libre para exhibir su aburrimiento públicamente.

Me tiene, pues, intrigado. Y obviamente estoy permanentemente "en guardia" ante la multitud de spammers y basura que te puede llegar también por ahí, o la propia basura que la gente comparte. Y aunque esto no me sorprende, porque soy fiel a mi arrogante noción de que el 98% de las personas está en los límites de la subnormalidad o al menos de la total superficialidad digital "a la carte", sí es de extrañarse cuando alguien pasa horas enteras de su día twitteando cosas como "tengo hambre, voy por comida" o "extraño a mi novia, snif...". Una vez es normal. Diez veces es comprensible. Todos los días y todas las putas horas es un verdadero suplicio.

Y bueh. Existen quienes afirman que el twitter y otros servicios similares están condenados a la extinción, pues no hay nichos publicitarios o áreas de oportunidad con las que puedan financiarse. Esto, sin embargo, me parece una burrada tremenda. Con un poco de malicia y maquiavelismo mercadológico twitter, como cualquier social network, podría alimentar la maquinaria no sólo con el ya dibujadísimo mapa de las conexiones sociales, sino también con las particularidades emocionales y las necesidades inmediatas de sus miembros, hecha la debida programación y puestos los debidos motores a trabajar. Y ese día, sin temor, daré de baja mi cuenta, para vivir un poquito más "off the grid" y un poquito menos al alcance de ese 1984 que ya pasó hace 24 años (terror!).

Un último punto: Uno de estos "twitteros" que sigo -quizás por necedad, porque el chamaco es verdaderamente bobo y monotemático- y que vive en la sacrosanta capital potosina, que como muchos han de saber, es toda una ciudad cosmopolita y llena de...cantera que necesita limpieza y...potosinos sin mucho qué hacer, se "compadecía", en un tweet, de nosotros los chilangos que debemos vivir en esta ciudad "apestosa, sobrepoblada y ruidosa" (sic) en la que vivimos. Evidentemente contesté a su categórica estupidez con alguna acidez reactiva de las que me caracterizan. Sin embargo, este chico me hizo recordar una de mis múltiples epifanías desechables y que tiene que ver con el hecho de vivir en una ciudad como estas, confrontado a la posibilidad de vivir en un pueblo, o una semiciudad, incluso extranjera en muchos casos, y cómo eso conforma tu mente de una forma muy particular y quizás un poco inhumana.

Nacer y ser chilango equivale a haber dominado a una gran bestia, siempre que seas capaz de moverte en todas partes y no vivas permanentemente en la burbuja clasista de tu "zona de confort". Los chilangos, como cualquier capitalino del mundo, o habitante de las grandes urbes, tenemos esa arrogancia que caracteriza al que ha pisado los infiernos y abierto un apartado postal en esa zona, o reservado una mesa, o incluso comprado algo de terreno sin temor a equivocarse. Sabemos que vivimos en las entrañas del monstruo, y en lugar de causarnos pánico u horrores permanentes (aunque a veces sí nos los produzca), nos sentimos orgullosos de vivir y sobrevivir en mitad del caos y con una sonrisa ocasional. Y en el caso particular de los que somos incapaces -todavía- de abandonar este terruño de forma definitiva, muchas veces se nos cruza por la mente el infame aburrimiento del que seríamos víctimas en caso de mudarnos a un pueblo, por más bonito y curiosillo que sea, o peor aún, a cualquier ciudad de medio pelo en la que no se cohabite con un poco de adrenalina, caos, diversidad o al menos un montón de lugares interesantes y 100% urbanos qué visitar con regularidad. Por eso tantos y tantos de los chilangos clasemedieros que emigran exitosamente, lo hacen a lugares tan o más jugosos que esta ciudad (Nueva York, Barcelona, Los Angeles, Madrid, Paris, etc.) y los que regresan pronto y con la cola entre las patas es porque se fueron a algún infiernillo de tres estrellas como puede ser Galicia, Monterrey, Houston o cualquier pueblo que se quiera nombrar para esos efectos. E incluso los que se mudan con éxito a las espaldas de otros monstruos, casi siempre andan nostálgicos de cuando en cuando, y vienen cada vez que pueden a bañarse en la peculiaridad defeña, y a pasarse unas cuántas tardes en compañía del smog y las malas costumbres.


1479 kilómetros cuadrados de DF y unas 4 veces más de "área metropolitana" make John an indifferent boy.


Claro: Todo lo anterior excluye a los que escapan por motivos psiquiátricos, de salud o simplemente jubilatorios. En cuyo caso hay una justificación exógena y el monstruo les permite partir sin solicitar el reingreso pronto.

Y es que, si uno lo piensa bien...¿quién diablos se bajaría de las espaldas de un cancerbero del infierno, para montarse en un french poodle?

Yo, ni por todo el calor infernal ni las playas del carmen ni los tepoztlanes ni los San Luis Potosíes del mundo lo haría.

julio 28, 2008

Postal de aniversario.

Te la dejamos en el mar de Mazunte, como acordamos.

Queridísima y terca Aura:

Hace un año, cierta ola que no estaba en el libreto, llegó a este lugar, donde tú estabas, y te tiró salvajemente contra el suelo, hasta quitarte la vida.

Estuve molesto. Estuve buscándote en el cielo el mismo día en que ciertos héroes te trajeron hasta casa, sólo para verte morir después. Estuve loco. Estuve cuerdo. Estuve, mes con mes, día con día, sueño tras sueño, tratando de regresar la realidad hasta el punto en el que tú estabas viva, quejumbrosa, con un pañuelo en la cabeza y una olla repleta de agua hirviendo y toneladas de Vick Vaporub dentro de ella, mientras la aspirabas, tranquila, luego de ver cierta película de Won Kar Wai que jamás había visto. Recuerdo, brevemente, que me gustó mucho.

Hoy estoy mirando la misma arena y la misma playa que te engulleron hace un año. Quizás no la misma ola, y –es más- quizás tampoco la misma arena o la misma playa. Porque las playas, así como todas las palabras, perdieron su significado en el momento en el que te declararon muerta, y tuvimos –casi todos- que encontrar un nuevo nombre para las cosas. Te fuiste, sí, y luego yo tomé un avión, pero otros se quedaron y miraron tu cuerpo muerto mientras yo miraba todas tus cosas, congeladas en el tiempo, y entonces –sin lugar a dudas—supe exactamente que no había otra cosa qué hacer más que recoger tu mundo y guardarlo en ocho valijas. Y luego traerlo de vuelta. Y luego aprender a vivir el mundo y las palabras, y el mundo de las palabras, y las palabras del mundo: Todos, todas: sin ti.

Ha pasado un año entero desde que te tomó por sorpresa ese mundo y sus vaivenes. No hay más ni mejores vaivenes que las olas. Ni hay más olas que los vaivenes, ni tampoco se sabe cuánto ni cuánta sangre se sacrifica con cada sonrisa, con cada muerte, con cada momento que no se va a vivir, y que se queda sobre el tintero.

Pero tu muerte, Aura, amiga mía, amada amiga mía, nos trajo tanta y tanta realidad frente a los ojos, que no hay manera de no mirarla. Es un dolor de 70 milímetros, es una pantalla panorámica a la que no puede no verse salvo si se cierran los ojos. Y cerrar los ojos, Aura, es algo que tu vida nos enseñó a no hacer nunca más.

Nos vamos, Aura. Todos nos vamos. Tarde o temprano, te alcanzamos, Tarde o temprano, nos sentiremos encontrados o perdidos, arrebatados o secos, como un roble, el roble que era tu vida, tu espalda, tus sueños (nuestros sueños) y nuestros horrendos y crudos –o muy muy crudos despertares- mañanas sin remedio que se van, siguen, se fueron. Días en los que uno quisiera no vivir si no es contigo, o en los que se busca un contigo para entender lo que es vivir.

Flores, Aura. Plegarias. Días, noches. 24 o 36 horas. 2 o 3 minutos. 1 o 2 nociones más. Epifanías de lo que es el mundo desde hace un año, cuando lo dejaste. Certezas de que nada es nunca más lo que solía ser, tras la última decisión. Y sí: Lo jodido acerca de tu partida, es que no fue decidida por nadie. Que nos esforzamos por buscarle sentido, a pesar de que lo carezca. Que odiamos al dios que no existe, y al que sí, y al que quiensabe, o a la realidad que –como ese Marx que tú adorabas decía—es siempre necia.

Y los odiamos porque no estás, porque nadie dijo y porque nadie decidió. Y lo único, amada amiga nuestra, que nos queda, son estas flores, estas plegarias a la nada, estos arrebatos odiosos a las olas. Estas ganas de que estés aquí. Esta implacable certeza de que no lo estás. Ni lo estarás. Y que todo está dicho. Y que te extrañamos, uno, dos, tres años después.

Y que nada: ninguna palabra será jamás lo mismo. Sin tu boca de Aura, sin tu Aura, sin ti. Sin que la digas a nuestras orejas, a gritos, a dentelladas. Sin que lo sepas, jamás, porque quizás no lo dijimos a tiempo o porque no lo sabíamos hasta que te fuiste.

Pero el tiempo es ahora. Y ahora es aquí: La playa, la arena, quizás la misma ola. Quizás no.

Esperanzadamente, llegará el machete que la mate. El cuchillo de mantequilla que mate a esa ola, puta ola.

-Hey man, let’s stab the sea with that butter knife, ok?

Eso dije -sin pensar- luego de desayunar equivocadamente unas enchiladas, en el mismo sitio donde desayunaste un año antes, frente a tu silla vacía, llena de flores amarillas, rojas, morada. Junto a Frank, a Fabiola, a Vanessa y junto a ti, de algún modo. Junto a esa memoria.

Y así nos fuimos hacia el mar. Persistimos sin la calma, que –aún ahora—no se presenta del todo, después del beso y del abrazo. Después de recordar y olvidar y hacerlo todo sin orden ni sincronía. Pero dejándote nuestro amor, otra vez.

A manera de un adiós.

julio 16, 2008

Manifiesto del País de las Horas Nalga (Good bye, Santa Fe)

1. Pensar no es lo importante. Es pensar que piensas. Piénsalo bien.

2. Tu nivel de inteligencia siempre será directamente proporcional a la cantidad de anglicismos que domines, o a lo ridículamente forzado que los pronuncies. Procura escupir un poquitito siempre.

3. Es importante ser creativo, proactivo, asertivo y tener, sobre todas esas cosas, una impecable higiene personal. Si puedes añadir unas tetas postizas o un traje que valga más que la colegiatura de tus hijos, entonces olvida todo lo demás.


4. Es importante trabajar duro. Pero es más importante sentarse de 8 a 5, con una hora de comida, en posición erguida y con la mirada inmersa en un monitor de 15 pulgadas, mientras tecleas frenéticamente “jajajaja” en el Messenger, para que parezca que escribes algo.


5. Deberás compensar cualquier defecto intelectual con la frase "En mis experiencias anteriores, que fueron muy exitosas..." Recuerda, la autocrítica no existe. Todo eso es pura negatividad y mirar el pasado. Aquí se trata de “next”.


6. Usarás un traje o un traje sastre, nada de Suburbia, de Sears pa'rriba, y te peinarás con gel o con mousse, aunque nadie te lo pida.


7. Te sentirás exitoso sólo por cumplir el punto número 6, sin importar que tu sueldo no compense tus responsabilidades. Recuerda: tu jefe siempre tiene más tarjetas de crédito que pagar.


8. Si eres personal de base, deberás sonreír ante cualquier eventualidad y tener una "actitud de servil-cio".


9. Si eres un mando medio, habrás de humillar a tu personal de base cada una de las vecs que tu jefe te humille a ti. Recuerda: de eso se trata la cadena de mando.


10. Si eres jefe, deberás inculcar en tus mandos medios la importancia de su liderazgo para evitar a toda costa el tuyo. Recuerda: tu chamba es cagarlos, tener un baño privado y cumplir con las horas nalga siempre que no sea la hora de "venta mata junta".


11. Trabajarás preferentemente en una zona de la ciudad en la que no se vean otros pobres que no seas tú mismo, que -por otro lado- estarás tan bien vestido que ni lo notarás.


12. Encontrarás siempre una manera de utilizar messengers clandestinos, antes que supeditarte a las restricciones de tu oficina. Si no lo consigues, te harás amigo de los lacayos de sistemas, que son tal como tú, y que luego de unas copas gratis te dejarán hacer y deshacer.


13. Recuerda: Debes pensar en BULLETS. El mundo está hecho de BULLETS. Siempre BULLETS. Eso si quieres ser un "plomazo" como todos tus compañeros.


14. Toda persona capaz de escribir un mail con puntos, comas, o peor aún: ¡punto y coma! deberá ser considerada como un ente peligroso y jamás habrás de contestarle los buenos días o responder a sus correos con más de una línea.


15. Tus correos, por otro lado, deberán escribirsesinpuntosnicomasypreferentementeconfaltasdehortografíajarrafales.


16. Toda persona que pueda escribir un texto con más de dos parrafos estará atentando contra la productividad. Recuerda: leer es improductivo porque quita tiempo. Acude inmediatamente con tus superiores y repórtalo.


17. Socializa sólo con tus iguales. O sea, contigo mismo.


18. Amarás las juntas por sobre todas las cosas. Las juntas son la medida de tu éxito, tu productividad y tu desempeño laboral. Mientras más juntas tengas, más parecerá que logras algo.


19. Sólo algunos elegidos pueden pasar de las juntas a los "cronogramas". Si eres uno de ellos, recuérdalo bien: Usa muchos colores, planifícalo todo. Arma muy bien tu análisis de procesos: Cada tarea que programes está ahí para que alguien le dé en la madre, no la cumpla o se la pase por los huevos. O para que en la próxima "junta" se modifique.


20. Conoce la actitud, el look, aprende un poco de mercadotecnia de los 90, impresiona a tus superiores con palabras como "negocía" "diferencía" y "branding". Recuerda: NO existen verbos que no lleven acento ficticio, en la última sílaba, que no se lleven perfectamente con un anglicismo que nadie sabe qué significa en realidad, pero que todos alaban como palabra mágica. ("Singuí-ung-tumi")


21. Recuerda. Estás en camino de convertirte en ejecutivo. Usas traje, te esfuerzas por verte bien, hablas con respeto a tus patrones y con desdén a tus subalternos. Estás a punto. Vas a llegar al éxito, algún día, y comerás y cenarás en las fiestas y banquetes que sólo unos cuántos disfrutan. Participarás de los burdeles itinerantes que el vicepresidente ejecutivo junior prepara para su círculo sagrado. Estás a punto. Sólo recuérdalo, recuérdalo, recuérdalo siempre.

22. Si por algún motivo eres despedido, renuncias, o eres elegido para un recorte de personal, "conserva la calma". Nunca tengas un exabrupto en las juntas, nunca lleves un rifle de asalto a la oficina. Mantén tu cara ejecutiva. Llega a tu último día. Recoge tu última quincena y luego escribe un mail con el siguiente machote:


"A todos los que me conosen o no me conosieron quiero darlse las grasias pro habberme ayudado a crecer en este ultimo año de travajo en el que aprendi muchas cosas y siempre gosé del apollo de mis compañeros. A Caro le agradesco que me haiga traido aqui y pues todo su profecionalismo y pues espero encontrarnos en el futuro. A Jorge muchisisisissimas grasias y pues a todos los demas mucha suertee en sus proyectos presonales.

LEs dejo mi correo personal para que no perdamos contacto:

sumisopendejo@sinremedio.com"

julio 12, 2008

Tan diferente y tan igual...

Lanzaba la pregunta, hace no mucho, cierto mosquito.

¿No te das hueva de ti mismo?

Y me cae que la pensé. A pesar de que fuera el mosquito -fake-
el que la hacía.

Y pues sí. Hay tanta gente que escribe mucho mejor que yo, que piensa mucho mejor que yo, que dice mucho mejor que yo, snif snif snif...

Hay tanta gente que no se pregunta nada.

Hay tanta gente que no quiere -siquiera- saber una chingada.

Podría sentirme mal. Seguro que podría. Aunque me valga madres.

***

Pero de repente, cuando más hueva tiene uno, de uno mismo, llega la metáfora.

Una llamada simple: Amigo, necesito jugar 36 horas de ajedrez con alguien.

Y el amigo cumple y llega.
Gana y continúa.

Pierde y -a regañadientes- sigue.
29-16 el primer día. 25-14 el segundo.

Y mañana: mañana el "desempance".

***
Y no hay pedo de nada. La vida se explica en cualquier lugar, bajo cualquier nivel, sabiendo nada pero mucho. Viéndolo todo pero con palabras suficientes para nada: No hay pedo.

Repito: No hay pedo.

***
Y pues bueno. Sí. Me leo -y me releo- y sí: hago una oración.

Una oración que no es plegaria.

Es -acaso- un vil enunciado.

Sujeto, defecto y proyecto: That's all.

Y sí: Podría decir que estoy cansado pero no.

No cuando dos dedos hacen rabiar una mujer que no era más que un temor y temblor.

No cuando yo mismo me reduzco a casi nada,
y conmigo hago lo mismo que con lo que casi todos

tienen qué decir.

No será por mí que nadie te escuche: Estoy tan sordo como cualquiera.

***

Luego, la verdadera pregunta:

¿No te das hueva a ti mismo?

Y entonces recapitulo sobre mí mismo, y con toda seguridad me digo que NO.

Que sí hay una nueva historia sobre cada nueva historia.

Que sí digo porque quiero decir, y no porque el mundo se empeñe en que diga:

Hace mucho que ese tiempo se acabó.

***

Mujeres que podrían haberme parecido odiosas.

Historias que podría haber guardado en el baúl de lo que no me importa.

Partidas de ajedrez que habrían podido ser iguales,
pero que no lo fueron (nunca lo son).

Todo por obra y voluntad de permitir la sorpresa.

La partida de ajedrez involucra una posición inicial: la vida.
Jugarla, involucra un compromiso esencial: saber perder opciones.

Ganarla, involucra una realidad que pocos saben: Recordad, para no repetir.

***

Y cuando permites la sorpresa, ¿qué crees? Sorpresa.

El mundo deja de ser estereotipo
y se convierte en laberinto.

Y los laberintos, querida neurosis mía, son algo de lo que más te gusta.

No te hagas.
Ni siquiera trates de escapar.

***

Dale. Búscate tu Ariadna y tu Minotauro.
Go get them, boy.
Just remember: you gotta shine on, you crazy diamond.

Para prevalecer, hay que cantar. Y para cantar, hay que querer.

Querer seguir vivo, o quere a alguien.

No importa.

Tú sólo "shine on, you crazy diamond..."

**